10/20/2024
Tirarle un hollejo a un chino
Tirarle un hollejo a un chino (nosotros decíamos gollejo) era un acto de audacia o valor que en mis tiempos de niño escuchábamos por doquier y si te decían : tu no le tiras ni un hollejo a un chino, significaba que eras un cobarde incapaz de arriesgarte en algo y a la vez sin voluntad ni habilidad para hacer algo que valiera la pena.
En nuestra pandilla del Chorro, buscábamos sobresalir de los demás con hazañas que nos impulsaran a sobresalir por audaces acciones.
En el camino a la escuela, nos quedaba un interesante lugar al que mi amigo Tabito le llamaba mucho la atención; el tren de lavado de ropa de los chinos de la calle Aguiar en la Habana Vieja, una cosa interesante era que ellos, (los chinos) no gastaban en promoción, a aquel lugar nunca le vi el nombre, solo se veían letreros en chino por doquier y en los paquetes de ropa que entregaban a los clientes también con letras chinas.
Cuando pasábamos por el portón, que siempre estaba abierto, nos quedábamos mirando al chino que recibía la ropa para lavar asomando la cabeza y dejando el cuerpo detrás de la pared, esto le parecía sospechoso al chino que torciendo la cabeza nos miraba bien serio y empezando a acariciar un trozo de madera, que parecía un bate de baseball con una llave amarrada en la punta que creo era la llave donde se guardaba el dinero que le entregaban los clientes, nos advertía de que él estaba alerta y preparado para enfrentar cualquier intento de perturbar la paz de su feudo.
Coger a aquel chino desprevenido era parte de nuestro plan. ¿Como hacer para pararnos en el portón y sin que el chino nos viera, tirarle el hollejo por la cabeza y escapar a toda velocidad a refugiarnos en la escuela?
¡Tuvimos un plan!
Incluiríamos a un tercer elemento en la acción, si, nuestro amigo de pandilla Rolo. A Rolo él chino nunca lo había visto, por lo tanto le dimos la tarea de entrar hasta donde el chino y con una bolsa de ropa para supuestamente lavar, interponerse entre la cara del chino y la puerta para que no nos viera y a la cuenta de tres Rolo bajaba la bolsa mientras nosotros lanzábamos los hollejos directo a la cabeza del chino. Nuestro plan era tan seguro, que con el dinero de la merienda que nos dieron nuestros padres, compramos esa mañana, diez naranjas en la carretilla de la esquina y elegimos las más grandes que después de pelarlas con la maquinita de pelar, las picamos a la mitad y al comérnoslas, dejamos los dos hollejos más jugosos y pesados para lanzárselos al chino.
Aquella mañana era fría, el viento soplaba fuerte y el cielo gris, como anunciando una tormenta, eso presentíamos, pero la decisión estaba tomada y decididos a enfrentar las consecuencias, partimos los tres a enfrentar nuestro destino.
Rolo entró decidido a todo, cuatro segundos mas tarde puso la bolsa delante de la cara del chino, con los hollejos en nuestras manos nos situamos en medio de la puerta y a la cuenta de tres, Rolo bajó la bolsa y nuestros hollejos volaron a toda velocidad hacia su destino.
Algo falló en aquella acción, el hollejo que yo lancé fue a incrustarse directo al ojo izquierdo de Rolo y el que lanzó Tabito le impactó en la nariz.
Rolo cayó sentado al recibir aquel impacto y aquel chino se doblaba de la risa encima de la mesa.
Nunca mas pensamos en tirarle un hollejo a un chino, al contrario, todos los días al pasar por el frente del tren de lavado, entrábamos y solo de mirarnos nos reíamos de lo lindo con el chino.