08/09/2026
Antes de cambiar España, Adolfo Suárez dirigió la televisión del régimen de Franco
Mucho antes de convertirse en el hombre que conduciría a España hacia sus primeras elecciones democráticas después de la dictadura, Adolfo Suárez ocupó un puesto que hoy puede resultar sorprendente.
Fue director general de Radiodifusión y Televisión durante el franquismo.
Era 1969. Francisco Franco todavía gobernaba España y la televisión se había convertido en una herramienta extraordinariamente poderosa. En un país donde no existía libertad de prensa como la entendemos hoy, Televisión Española no era simplemente entretenimiento.
Era también información, imagen institucional y poder.
Y Suárez estaba al frente de aquel universo.
Su llegada a ese puesto estuvo estrechamente relacionada con Fernando Herrero Tejedor, uno de sus principales protectores políticos durante aquellos años. Suárez era todavía un joven dirigente que ascendía rápidamente dentro de las estructuras del régimen.
No era un opositor clandestino.
No estaba intentando destruir el franquismo desde fuera.
Formaba parte del sistema.
Este detalle resulta fundamental para comprender una de las grandes paradojas de su biografía.
Entre 1969 y 1973, Suárez dirigió Radiodifusión y Televisión. Comprendió de primera mano la enorme capacidad de la televisión para entrar en millones de hogares y construir una relación directa entre el poder político y los ciudadanos.
Años después, esa experiencia adquiriría un significado completamente diferente.
En julio de 1976, el rey Juan Carlos I lo nombró presidente del Gobierno.
La elección sorprendió a muchos.
Suárez procedía del aparato franquista y no parecía, a primera vista, el hombre destinado a desmontar buena parte de las estructuras políticas que habían construido su propia carrera.
Pero comenzó la transformación.
Su Gobierno impulsó la Ley para la Reforma Política, que fue sometida a referéndum el 15 de diciembre de 1976.
La campaña quedó asociada a una frase inolvidable:
«Habla, pueblo.»
La televisión volvió a ser esencial.
Millones de españoles recibieron a través de sus pantallas mensajes sobre una reforma que debía abrir el camino hacia elecciones democráticas.
El resultado fue abrumador: más del 94 % de los votos válidos fueron favorables a la reforma.
Después llegaron la legalización de partidos políticos, las elecciones generales del 15 de junio de 1977 y el proceso que desembocaría en la Constitución de 1978.
La ironía histórica era extraordinaria.
El hombre que había aprendido el funcionamiento de la televisión pública dentro del franquismo utilizaba ahora la comunicación política mientras España abandonaba aquel sistema.
Esto no significa que Suárez hubiera planeado durante sus años en RTVE convertirse algún día en arquitecto de la Transición. No existe evidencia que permita construir una historia semejante.
La realidad es más interesante.
Suárez conocía el régimen desde dentro.
Conocía sus instituciones.
Conocía sus élites.
Y conocía también el poder de una pantalla para hablar directamente a millones de personas.
Por eso, antes de recordar al Suárez de las elecciones, la Constitución o el 23-F, existe otro Suárez mucho menos conocido.
Un joven político sentado en uno de los centros de comunicación más importantes del franquismo.
Años después, aquel mismo hombre aparecería en las pantallas de los españoles para explicar cómo el país estaba cambiando.
Antes de convertirse en uno de los rostros de la democracia, Adolfo Suárez había aprendido el poder de la televisión dentro de la dictadura.
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Antes de cambiar España, Adolfo Suárez dirigió la televisión del régimen de Franco
Mucho antes de convertirse en el hombre que conduciría a España hacia sus primeras elecciones democráticas después de la dictadura, Adolfo Suárez ocupó un puesto que hoy puede resultar sorprendente.
Fue director general de Radiodifusión y Televisión durante el franquismo.
Era 1969. Francisco Franco todavía gobernaba España y la televisión se había convertido en una herramienta extraordinariamente poderosa. En un país donde no existía libertad de prensa como la entendemos hoy, Televisión Española no era simplemente entretenimiento.
Era también información, imagen institucional y poder.
Y Suárez estaba al frente de aquel universo.
Su llegada a ese puesto estuvo estrechamente relacionada con Fernando Herrero Tejedor, uno de sus principales protectores políticos durante aquellos años. Suárez era todavía un joven dirigente que ascendía rápidamente dentro de las estructuras del régimen.
No era un opositor clandestino.
No estaba intentando destruir el franquismo desde fuera.
Formaba parte del sistema.
Este detalle resulta fundamental para comprender una de las grandes paradojas de su biografía.
Entre 1969 y 1973, Suárez dirigió Radiodifusión y Televisión. Comprendió de primera mano la enorme capacidad de la televisión para entrar en millones de hogares y construir una relación directa entre el poder político y los ciudadanos.
Años después, esa experiencia adquiriría un significado completamente diferente.
En julio de 1976, el rey Juan Carlos I lo nombró presidente del Gobierno.
La elección sorprendió a muchos.
Suárez procedía del aparato franquista y no parecía, a primera vista, el hombre destinado a desmontar buena parte de las estructuras políticas que habían construido su propia carrera.
Pero comenzó la transformación.
Su Gobierno impulsó la Ley para la Reforma Política, que fue sometida a referéndum el 15 de diciembre de 1976.
La campaña quedó asociada a una frase inolvidable:
«Habla, pueblo.»
La televisión volvió a ser esencial.
Millones de españoles recibieron a través de sus pantallas mensajes sobre una reforma que debía abrir el camino hacia elecciones democráticas.
El resultado fue abrumador: más del 94 % de los votos válidos fueron favorables a la reforma.
Después llegaron la legalización de partidos políticos, las elecciones generales del 15 de junio de 1977 y el proceso que desembocaría en la Constitución de 1978.
La ironía histórica era extraordinaria.
El hombre que había aprendido el funcionamiento de la televisión pública dentro del franquismo utilizaba ahora la comunicación política mientras España abandonaba aquel sistema.
Esto no significa que Suárez hubiera planeado durante sus años en RTVE convertirse algún día en arquitecto de la Transición. No existe evidencia que permita construir una historia semejante.
La realidad es más interesante.
Suárez conocía el régimen desde dentro.
Conocía sus instituciones.
Conocía sus élites.
Y conocía también el poder de una pantalla para hablar directamente a millones de personas.
Por eso, antes de recordar al Suárez de las elecciones, la Constitución o el 23-F, existe otro Suárez mucho menos conocido.
Un joven político sentado en uno de los centros de comunicación más importantes del franquismo.
Años después, aquel mismo hombre aparecería en las pantallas de los españoles para explicar cómo el país estaba cambiando.
Antes de convertirse en uno de los rostros de la democracia, Adolfo Suárez había aprendido el poder de la televisión dentro de la dictadura.