13/07/2026
Dani y yo hemos llegado a un punto en nuestra relación en la cual ya no caben más secretos.
La careta que usan los recién enamorados, esa que obliga a uno a mostrar solo lo mejorcito de nuestra personalidad, se nos cayó a ambos hace tiempo y ninguno hizo el menor esfuerzo por recogerla, obviamente porque nos sentimos muy cómodos el uno con el otro.
Pero los primeros comentarios al respecto dolieron como un piquetón de zancudo. Imperceptibles al inicio pero imposibles de ignorar cuando el veneno ya hizo su efecto.
Por ejemplo, no me había dado cuenta de que después de más de 6 años juntos, Dani ya se dio cuenta de que pierdo todo. TODO.
Llaves, carteras, cuadernos, nuestra acta original de matrimonio, ropa de todo tipo, celulares, tarjetas de crédito, de débito, tomatodos, DNI. Eso, sin mencionar la vez en que confundí unos boletos de tren y terminamos en Alemania en vez de Austria. Por suerte no nos botaron del tren, pero sí nos multaron y tuvimos que comprar doble boleto. Además de que terminamos en otro país.
Todo lo que se les venga a la cabeza, yo lo voy a perder. Y nunca voy a recordar dónde o cómo lo perdí. Por eso, la última vez que Dani me regaló algo y a la vez dijo por primera vez un "pero no lo vayas a perder, ah", dolió como no tienen idea.
No solo mi esposo ya se dio cuenta de que ser responsable con mis objetos personales no es lo mío, sino que tiene la desfachatez de decírmelo en mi cara.
La mudanza a nuestro nuevo espacio, por su parte, dejó en evidencia una de las debilidades más grandes de mi esposo: su total falta de sentido estético. Así como es de ordenado, disciplinado y metódico, así mismo es de gris. No lo puedo describir con otro adjetivo, simplemente es gris.
-¿Te parecen bien estas cortinas enrollables para el cuarto?- dijo mientras mostraba feliz los "estores" más tristes que había visto en mi vida.
-Está hermoso el mueble- dijo cuando llegó nuestro Chesterfield de cuero- pero por el precio pensé que sería un juego completo.
-¿Juego? ¿A qué te refieres con juego?
-Esos que vienen de 3 o de 4 mueblecitos- respondió.
Me tragué una lágrima. Por vueltas de la vida, mi amado esposo nunca aprendió que los "juegos de muebles para sala" son propios de espacios enormes, salas de más de 50 m² en adelante. Tampoco sabía que hay muebles que son piezas artísticas en sí y no vienen "en juegos". Cada vez que me venía con una nueva foto de cojines, alfombras o accesorios, yo ya estaba preparada para que me de un pequeño microinfarto al ojo.
En otra ocasión, cuando la diseñadora que contratamos, terminó de diseñar la sala, me preguntó:
-¿Y dónde va a ir la tele?
-No es ideal que la TV esté en la sala, mi amor. Lo ideal es el cuarto.
-¿Pero y dónde voy a ver mi partido?
-En el dormitorio.
-Pero yo lo quiero ver en la sala.
-Mi amor, las salas existieron durante siglos antes de que alguien inventara la televisión.
La tele puede ir en el dormitorio o en tu estudio, no hay necesidad de ser ricos para diseñar los espacios con algo de reminiscencia a la historia del arte.
-¿Y dónde voy a jugar con mi play?
-En el dormitorio o tu estudio, incluso podemos destinar un pequeño cuarto para juegos.
-...
Casi me meto a explicarle que lo de poner la tele en la sala es del siglo XX y que rompe todo el relato histórico del resto de muebles, que son anteriores, pero me dio flojera. Dani es ingeniero y es evidente que su cerebro es muy práctico y funcional.
Y de pronto un día, apareció el router del internet instalado sobre el Chesterfield, agarrando protagonismo en toda la pared.
-¿Amor, qué es esto?
-Es que los técnicos dijeron que no había dónde más conectarlo.
-¿Pero no les pudiste decir que lo pongan un poquito más allá, donde se pudiera esconder con algún florero?
-Se me pasó.
-La diseñadora va a poner el grito en el cielo cuando lo vea- dije.
Pero de la realización de las debilidades del otro también nacieron los actos de servicio.
-¿Te lo guardo? -pregunta Dani cuando me compro algún audífono o micrófono nuevo. Ya sabe que al día siguiente habré perdido el manual de instrucciones, la caja, la garantía, y hasta los audífonos nuevos.
-Sí, por favor -respondo, capitulando.
-¿Amorcito, no faltaban cojines para lo que pidió la diseñadora?- pregunta Dani, atento.
-Descuida, amor. Yo me encargo de comprarlos.
Dicho y hecho, días después fue la diseñadora al departamento y dijo:
-¿QUÉ ES ESO? -mientras abría los ojos como platos al ver el router.
Respondí que ya vería la forma de camuflarlo con algo. No le conté que mi esposo es el terrorista del buen gusto, ni que yo perdí nuestra acta de matrimonio original porque soy de las que no pierde la cabeza solo porque la tiene unida al cuerpo. No tiene porqué enterarse de nuestras intimidades, esas solo las reservo para contárselas a mis lectores de Facebook.