31/07/2026
|| Sevillano: el toro que no quería morir.
La tarde del jueves 30 de julio se iniciaron las corridas en nuestra ciudad, en la fiesta en honor a la Virgen del Carmen. Fue una jornada que no se recuerda como alegría, sino con una tristeza que nos quedó clavada en el pecho.
Lo presentaron como uno más de la tarde; se apodaba Sevillano, pesaba cuatrocientos cincuenta kilos y solo tenía una supuesta falla: era burriciego. Lo repetían una y otra vez los comentaristas de la prensa local, con tono de especialistas, como si esa fuera la única nota importante.
Miembros del comité taurino recorrieron el ruedo con una pancarta en las manos en la que describían sus características y el nombre del torero matador que lo recibiría. Sonó la corneta. Se abrió la puerta del chiquero. Desde adentro de la plaza de arena lo llamaron:
— ¡Toro! ¡Toro! ¡Toro!
Pero Sevillano no cruzó ni la primera puerta del laberinto. Ni los gritos, ni las picadas desde lo alto de los muros lograron moverlo. El torero también se acercó a llamarlo, junto al encargado de la puerta: nada.
Pasaron casi veinte minutos. El público comenzó a silbar y reclamar. Entonces apareció: salió asustado, mirando a ambos lados, dudando entre pararse o huir. Al fin decidió correr, dando vueltas por todo el ruedo de palos. Los toreros iban tras él, pero el animal no les hacía caso. Transcurrieron otros veinte minutos así, hasta que el juez levantó la bandera verde: la señal que indica que el toro no tiene bravura y debe ser devuelto al corral.
Pero Sevillano tampoco quiso regresar. Veinte minutos más de intentos inútiles, mientras la gente silbaba con fuerza. El juez anunció por los altavoces que la corrida terminaba y que podían retirarse. Muchos salieron molestos, sin entender lo que pasaba.
Aun así siguieron tratando de guiarlo al chiquero: fue en vano. Acosado, confundido, dio un salto inmenso y cruzó la barrera de palos. Huyó despavorido hacia la ciudad: no conocía estas calles, venía de la hacienda El Rosario, en Cajamarca.
Llegó hasta la misma Plaza Mayor, y casi a la iglesia donde permanece la Virgen del Carmen. La gente que caminaba, los niños y niñas que jugaban en los alrededores quedaron helados:
— ¡Es el toro! ¡El que se escapó!
Todos corrieron asustados. Entonces se escuchó la voz de un campesino —todos sabemos que los campesinos conocen a los animales porque conviven con ellos—:
— ¡Ese toro se muere de miedo! ¡Denme solo una soga! ¡Denme solo una soga y detengan a la gente!
A los guardias se sumaron también los integrantes del Serenazgo, encargados de cuidar el orden en la ciudad, y todos corrían tras él. El toro bramaba fuerte: era terror, no bravura. Buscó refugio donde pudo y se quedó encerrado en una hondonada del Río Chico. Allí se repitió la voz del campesino que gritaba:
— ¡Denme solo una soga! ¡Denme solo una soga y detengan a la gente!
Sevillano parecía saber lo que le esperaba, y se defendía con desesperación. No hubo soga, ni tregua. Sonaron varios disparos. El animal cayó de rodillas, herido de muerte, con los ojos aún llenos de asombro y miedo.
Murió sin entender por qué, en una tierra que no era la suya, queriendo solo no entrar a morir.
El recuerdo de Sevillano caminará con nosotros mucho tiempo más.
© PALUJO.