15/08/2026
Esta es la reflexión de la semana.
Ayer se fue la luz.
Al principio pensamos que serían unos minutos. De esos pequeños cortes que apenas alcanzan para hacernos voltear hacia arriba, esperar un momento y continuar.
Pero pasaron los minutos y nada.
Después una hora.
Y luego otra.
De pronto, algo tan sencillo como apretar un interruptor dejó de tener sentido.
Sacamos velas.
La luz cambió. El lugar cambió. Las sombras se hicieron más largas y durante casi cuatro horas tuvimos que recordar cómo se hacen las cosas cuando algo que damos completamente por sentado simplemente deja de estar.
Y lo curioso es que el mundo no terminó.
Nos adaptamos.
Nos alumbramos como pudimos, resolvimos lo necesario, esperamos y seguimos.
Después regresó la electricidad.
Las lámparas volvieron a encenderse, los aparatos comenzaron a funcionar, regresaron los sonidos habituales y en cuestión de minutos todo parecía exactamente igual que antes.
Como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí había pasado.
Durante unas horas, algo cotidiano nos recordó lo extraordinariamente acostumbrados que estamos a que las cosas funcionen.
Nos levantamos por la mañana y esperamos que salga agua de la llave. Conectamos el teléfono y esperamos que cargue. Abrimos el refrigerador y esperamos encontrarlo frío. Encendemos una lámpara y esperamos luz.
Esperamos que las calles estén ahí, que el internet funcione, que alguien recoja la basura, que podamos comprar comida, que podamos llamar a alguien y que del otro lado conteste.
La normalidad está llena de pequeños milagros a los que dejamos de prestar atención precisamente porque ocurren todos los días.
Y quizá con las personas pasa algo parecido.
Nos acostumbramos a quien siempre está.
A quien abre todos los días. A quien prepara. A quien limpia. A quien pregunta cómo estamos. A quien contesta el teléfono. A quien llega temprano. A quien resuelve algo antes de que siquiera sepamos que había un problema.
Cuando algo funciona durante mucho tiempo empezamos a sentir que funciona solo.
Hasta que un día deja de hacerlo.
Ayer fueron unas horas sin electricidad.
Nada grave.
Pero fue suficiente para mirar alrededor y pensar en lo rápido que cambia nuestra relación con las cosas cuando dejan de estar disponibles.
Una vela que normalmente sería decoración se convirtió en luz.
Una batería cargada se volvió importante.
Una conversación dejó de competir por unos minutos con tantas pantallas.
Y algo que unas horas antes parecía absolutamente indispensable terminó siendo una incomodidad que simplemente aprendimos a atravesar.
Quizá necesitamos pequeños momentos así de vez en cuando.
No para romantizar las dificultades. Tener electricidad es mejor que no tenerla, y nadie necesita perder algo para aprender obligatoriamente a valorarlo.
Pero cuando la rutina se interrumpe, aunque sea un poco, aparece una perspectiva distinta.
Recordamos que somos bastante más adaptables de lo que pensamos.
Que no todo problema necesita convertirse en tragedia.
Que muchas veces primero viene la incertidumbre, después encontramos una solución y, finalmente, seguimos adelante.
Así hemos hecho casi todo desde siempre.
Nos pasa individualmente y también como comunidad.
Algo cambia.
Algo falla.
Algo que parecía seguro deja de serlo.
Nos preocupamos.
Nos organizamos.
Nos ayudamos.
Improvisamos.
Y continuamos.
Tal vez esa sea una de las cosas más bonitas de las personas: nuestra capacidad de hacer normalidad incluso cuando la normalidad se rompe un poco.
Ponemos una vela.
Acercamos una silla.
Compartimos lo que tenemos.
Esperamos juntos.
Y seguimos.
Después vuelve la luz y rápidamente olvidamos la oscuridad.
Quizá ahí está la parte que vale la pena conservar.
No la oscuridad.
La memoria de que pudimos atravesarla.
Porque la vida está llena de cosas que un día se apagan: etapas, planes, certezas, relaciones, trabajos, versiones de nosotros mismos que creíamos permanentes.
Y no siempre podemos decidir cuándo vuelve la luz.
Lo que sí podemos decidir es qué hacemos mientras tanto.
Ayer fueron cuatro horas.
Hoy las luces están encendidas otra vez y todo regresó a la normalidad.
Pero quizá la normalidad nunca fue poca cosa.
Quizá simplemente estábamos demasiado acostumbrados a ella para darnos cuenta.
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