02/08/2026
La barbacoa no es comida. Es un ritual.
Es la madrugada que empieza a oler a tierra mojada, a maguey tatemado y a leña vieja. Es el hoyo en la tierra abriéndose como un altar, porque ahí abajo es donde ocurre la magia.
No hay prisa. La carne de borrego se deja caer lenta, envuelta en su propia grasa, cubierta con pencas que sudan y lloran jugo durante horas. Diez, doce horas. No se cocina, se confiesa. Se entrega.
Cuando la destapan, el v***r sube como una oración. Es el aliento de la tierra devolviéndonos lo que le prestamos.
Y luego viene el primer taco. Sin cubiertos, sin permiso. Solo tortilla recién hecha, barbacoa que se deshace con solo mirarla, jugosa, rosada por dentro, con esa costra dorada donde se concentró todo el sabor del universo. Un poco de salsa borracha, limón, cilantro, cebolla, y el consomé humeante a un lado, con garbanzos nadando y grasa dorada flotando como oro líquido.
El que prueba barbacoa de verdad lo sabe: no estás comiendo. Estás siendo perdonado.
Por eso los dioses no comen ambrosía. Los domingos bajan a Chalco, se sientan en un banco de plástico, piden de a kilo y levantan su consomé diciendo salud.
La barbacoa no se explica. Se respeta.