04/05/2021
Y LA VIDA SIGUIÓ…
Cuatro de Mayo de 2020.
“Se necesitan voluntarios/as para iniciar la Olla Comunitaria de Xela”.
Así empezó todo. Aquella mañana un pequeño grupo de personas llegamos a Shamrock muy temprano con la incertidumbre de no saber qué iba a pasar, pero con la profunda convicción de que era urgente atender una realidad que en la calle cada vez se sentía más dolorosa. Aquel día tratábamos de recordar los nombres de los que se iban a convertir en nuestros compañeros y compañeras de batalla, y tratábamos de leernos las sonrisas nerviosas que se escondían bajo las mascarillas. Aquel día sacamos los primeros 116 almuerzos dignos y gratuitos de La Olla Comunitaria de Xela. Sin saber aún ni cómo, lo hicimos. Y aquel día nos despedimos con un “nos miramos mañana”, sin saber aún todo lo que vendría después.
Ha pasado un año desde aquel día. Y además del tiempo, pasaron muchas cosas más. Muchos días de incansable trabajo, muchos miedos y algunas lágrimas. Muchas preguntas, muchas horas de largas conversaciones, de dibujar mapas, de diseñar menús, de picar vegetales, de recorrer los mercados, de mirar a los ojos que había detrás de tantas banderas blancas… Y también pasaron muchos nombres. De las personas que llegaron aquel primer día, y de todas las personas que llegaron después.
La Olla Comunitaria de Xela fue como una revelación. Personal y comunitaria. Aquella fue una revolución que se construyó desde la ternura, desde la imparable fuerza que demuestra tener la gente cuando se une con un objetivo común y honesto. La gente que ofrece sus manos, su tiempo, su energía y su dinero para una causa justa, que no fue otra que la de permitir que nuestros vecinos y vecinas tuvieran acceso a la comida. Que no solo la necesitaban, sino que además la merecían. Fue la demostración de que se puede cuando hay voluntad, pero también de que no es suficiente. Que el monstruo al que nos enfrentamos es demasiado grande, y que nos ganó aquella batalla. Pero seguimos en la guerra.
Hoy pensamos en aquel cuatro de Mayo y nos recorre en el pecho una sensación extraña. De satisfacción por todo lo que conseguimos, pero también de profunda tristeza. Porque si, pasaron muchas cosas en aquellos meses. Pero además, pasó el tiempo. Y miramos a ese parque que tantos días se llenó de esperanza y nos cuesta reconocerlo como el escenario de todo lo que vivimos allí.
Porque, al final de todo, la vida siguió.
Como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.