28/05/2026
La imagen de un puño multicolor resume bastante bien cómo unos simples colores han terminado convertidos en trincheras ideológicas. Lo que nació como un símbolo de libertad individual y respeto hacia las personas homosexuales, bisexuales o transexuales, hoy muchas veces parece secuestrado por intereses políticos, activistas profesionales y discursos de confrontación permanente.
Resulta absurdo que un arcoíris —algo universal, alegre y espontáneo— haya pasado a interpretarse automáticamente como una declaración partidista. Hay quienes utilizan la bandera LGTBIQ como si fuese un carnet ideológico obligatorio: o la exhibes y repites determinadas consignas, o automáticamente eres señalado como intolerante. Esa deriva sectaria termina alejando a mucha gente que simplemente cree en el respeto y la convivencia, pero no en la imposición política.
La diversidad no debería pertenecer ni a la izquierda, ni a la derecha, ni a ningún partido. Tampoco debería utilizarse como herramienta de marketing institucional, postureo electoral o negocio subvencionado. Defender la libertad individual implica precisamente aceptar que cada persona pueda vivir, pensar y expresarse sin necesidad de militar en ninguna causa colectiva.
Los colores de una bandera no tendrían que dividir familias, amistades o sociedades. El problema nunca ha sido el arcoíris; el problema aparece cuando algunos convierten símbolos sociales en armas ideológicas y pretenden monopolizar la moral desde ellos.
Quizás ha llegado el momento de despolitizar los colores y volver a algo mucho más sencillo: respeto mutuo, libertad y sentido común.