Pocos lugares resultan tan emblemáticos para el arte y la cultura moderna como el Hotel Chelsea de Nueva York; un edificio mítico, que durante todo el siglo XX sirvió de hogar para muchos de los músicos, pintores y escritores que estaban llamados a cambiar el mundo. Clark inventaron sus personajes más célebres y donde la Generación Beat tomo forma; donde se alojaban las estrellas de la Factory de
Andy Warhol, donde Stanley Kubrik escribió sus guiones, Frida Kahlo pintó sus mejores cuadros y Robert Mapplethorpe jugueteó con su primera cámara de fotos. Allí donde se alojaban músicos como Jimi Hendrix, Tom Waits, Leonard Cohen o Bob Dylan cuando pasaban por la ciudad. Punto de encuentro y de intercambio, en constante ebullición, el Chelsea Hotel es sinónimo de aventura y descubrimiento, de elegancia y modernidad. Y es por todo eso que resulta perfecto como fuente de inspiración para un nuevo local que aspira a reproducir en su interior parte de esa magia; que quiere ser punto de encuentro y de intercambio, un lugar para descubrir, para disfrutar, para aventurarse. Una inspiración que se intuye desde la misma estética del local, imbuida de la imagen que el hotel lucía en su época más dorada: tipografía sólida de corte clásico, que recuerda a la publicidad de aquel momento, carteles y rótulos de neón, aire vintage y una ambientación de espíritu cercano al de las cafeterías y clubs de la década de los cincuenta. Y que se asienta por completo cuando empieza a sonar la música, una cuidada mezcla de estilos, artistas y sonidos en los que pueden mezclarse desde big bands de sabor clásico a propuestas de aire futurista, sin perder nunca de vista la elegancia, la diversión y, sí, el gusto por la aventura.