Churreria La Data Plasencia

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a 50m de Multicines Alcazar
a 100m del centro de salud zona norte Fundada en 1974

El último hojalatero de PlasenciaDicen que, hace muchos años, cuando las cosas se arreglaban antes de tirarlas y cada ca...
14/07/2026

El último hojalatero de Plasencia

Dicen que, hace muchos años, cuando las cosas se arreglaban antes de tirarlas y cada cacharro tenía más vidas que un gato, había en Plasencia un viejo hojalatero que trabajaba en un pequeño taller cerca de la calle Trujillo.

Se llamaba don Tomás, aunque casi nadie utilizaba su nombre. Para todos era simplemente:

—El hojalatero.

Su taller era oscuro, estrecho y estaba lleno de objetos colgados por todas partes. Había candiles, embudos, aceiteras, jarras, palanganas, cazos, faroles y trozos de chapa esperando convertirse en algo útil.

Desde la calle se escuchaba el sonido de su trabajo:

¡Tin, tan, tin!

El golpe del pequeño ma****lo contra la hojalata se mezclaba con las voces de los vendedores, el paso de las caballerías y el bullicio de la ciudad.

Cuando llegaban los martes, Plasencia parecía despertar con más fuerza. La Plaza Mayor se llenaba de puestos, campesinos, ganaderos, mujeres con cestas, vendedores ambulantes y vecinos llegados desde los pueblos cercanos.

Don Tomás colocaba delante del taller algunas de sus piezas más brillantes. Las aceiteras relucían con el sol, los embudos colgaban unos dentro de otros y los candiles se movían con el viento como pequeñas campanas de metal.

Pero la mayor parte de la gente no acudía a comprar.

Acudía a reparar.

—Tomás, a ver si puedes hacer algo con esta palangana.

—Mira este cántaro, que pierde agua por abajo.

—Se me ha soltado el asa de la aceitera.

El hojalatero cogía cada objeto con cuidado, le daba unas vueltas, lo miraba por dentro y por fuera y, después de pensarlo unos segundos, siempre decía lo mismo:

—Esto todavía tiene arreglo.

Aquella frase era casi una promesa.

Un día llegó al taller un muchacho llamado Julián. Llevaba entre las manos un viejo candil abollado y ennegrecido por el humo.

—Me manda mi madre —dijo el chico—. Dice que se ha roto y que no tenemos dinero para comprar otro.

Don Tomás examinó el candil. Tenía una grieta cerca de la base, el asa estaba torcida y la tapa apenas encajaba.

—Está bastante mal —murmuró.

El muchacho bajó la cabeza.

—Entonces no tiene arreglo…

El hojalatero sonrió ligeramente.

—Yo no he dicho eso.

Encendió el soldador, calentó el estaño y comenzó a trabajar. Enderezó el asa con unos pequeños golpes, limpió la grieta y colocó un parche de metal sobre el agujero.

Julián observaba fascinado cómo aquellas manos viejas devolvían la vida al candil.

Al terminar, don Tomás llenó el depósito con un poco de aceite para comprobar que no perdía. Después encendió la mecha.

Una pequeña llama iluminó el taller.

—Ya está —dijo—. Puede alumbrar muchos años más.

El muchacho buscó unas monedas en el bolsillo, pero apenas llevaba unas pocas.

—Mi madre me ha dado esto.

Don Tomás cerró la mano del chico sobre las monedas.

—Guárdalas. Dile a tu madre que me pague otro día.

Julián salió corriendo por la calle Trujillo abrazando el candil como si llevara un tesoro.

Aquella noche, en una casa humilde de Plasencia, la familia cenó alrededor de la pequeña luz que don Tomás había conseguido salvar.

Pasaron los años.

La ciudad fue cambiando. Llegó la electricidad a más hogares, aparecieron nuevos recipientes de aluminio y después comenzaron a verse los primeros objetos de plástico.

Los cacharros dejaron de repararse.

Cuando una palangana se rompía, se compraba otra. Cuando una aceitera perdía, terminaba en la basura. Los candiles fueron guardados en los desvanes y las nuevas lámparas ocuparon su lugar.

Cada vez entraba menos gente en el taller.

El sonido del ma****lo dejó de escucharse con tanta frecuencia.

Una mañana, don Tomás no abrió la puerta.

Sobre el mostrador quedaron las tijeras, el soldador, los ma****los y una pequeña aceitera sin terminar.

Pasaron muchos años más.

Una tarde, un hombre mayor caminaba junto a su nieto por aquella misma calle. Al llegar frente al antiguo taller, se detuvo.

El local estaba cerrado y la madera de la puerta aparecía desgastada por el tiempo.

—Aquí trabajaba un hojalatero —explicó el anciano.

—¿Qué era un hojalatero? —preguntó el niño.

El hombre sonrió.

—Era una persona capaz de arreglar casi cualquier cosa.

Después guardó silencio unos segundos.

Aquel anciano era Julián, el muchacho del candil.

Todavía conservaba aquel viejo objeto en su casa. Ya no servía para alumbrar, pero continuaba guardándolo porque representaba algo que nunca había olvidado.

Le recordaba una época en la que los objetos no se abandonaban al primer golpe, en la que los trabajadores conocían el valor de sus manos y en la que siempre había alguien dispuesto a decir:

—Esto todavía tiene arreglo.

Así fueron los antiguos hojalateros de Plasencia.

No solo reparaban palanganas, aceiteras, cántaros y candiles.

A veces, sin saberlo, también arreglaban un pequeño pedazo de la vida de los demás .

Aquellas pelotas hechas con tiras de guantes de cocinaLos que fuimos niños hace unas cuantas décadas todavía recordamos ...
14/07/2026

Aquellas pelotas hechas con tiras de guantes de cocina

Los que fuimos niños hace unas cuantas décadas todavía recordamos aquellas pelotas fabricadas con tiras de goma, muchas veces sacadas de unos viejos guantes de cocina.

Se cortaban los guantes en tiras largas y estrechas, y se iban enrollando unas sobre otras con paciencia, apretándolas bien hasta formar una pelota. No quedaban perfectamente redondas ni falta que hacía. Cada una tenía su forma, su peso y, sobre todo, su propia manera de botar.

Porque aquellas pelotas botaban sin parar… pero también sin dirección.

Las lanzabas contra el suelo y nunca sabías hacia dónde iban a salir. Podían subir rectas, escaparse hacia un lado, pasar entre las piernas de alguien o terminar debajo de un coche. Precisamente ahí estaba la gracia: eran imprevisibles, inquietas y casi imposibles de controlar.

Jugábamos con ellas en las calles, en los patios, en las plazas y en cualquier rincón donde hubiera un poco de suelo libre. No necesitábamos comprar juguetes caros. Con unos guantes viejos, unas tijeras y un poco de imaginación teníamos diversión para toda la tarde.

A veces competíamos para ver cuál botaba más alto. Otras veces las lanzábamos contra una pared intentando atraparlas al volver, aunque casi nunca regresaban por donde esperábamos. También servían para inventarnos juegos sobre la marcha, porque entonces las reglas no venían escritas: las creábamos nosotros.

Eran pelotas humildes, hechas con casi nada, pero capaces de regalarnos horas enteras de entretenimiento.

Hoy los juguetes son perfectos, redondos, brillantes y fabricados para hacer exactamente lo que se espera de ellos. Aquellas pelotas, en cambio, eran imperfectas y rebeldes. Quizá por eso las recordamos tanto.

Porque botaban sin parar, no obedecían a nadie y siempre acababan llevándonos detrás de ellas, corriendo y riendo por aquellas calles donde cualquier cosa podía convertirse en un juguete.

Éramos felices con muy poco.

Y aquel poco, visto desde hoy, era muchísimo .

España está firmando un gran Mundial 2026. Tras empatar con Cabo Verde, venció a Arabia Saudí y Uruguay para terminar pr...
14/07/2026

España está firmando un gran Mundial 2026. Tras empatar con Cabo Verde, venció a Arabia Saudí y Uruguay para terminar primera de grupo. Después eliminó a Austria, Portugal y Bélgica, mostrando mucha solidez defensiva y capacidad para resolver partidos difíciles. Ahora se enfrenta a Francia en semifinales, a un solo paso de disputar la final y luchar por su segunda estrella mundialista .
Todos con la Selección!

Los padres de entoncesLos padres de entonces no decían “te quiero” tantas veces como ahora, pero te lo demostraban todos...
14/07/2026

Los padres de entonces

Los padres de entonces no decían “te quiero” tantas veces como ahora, pero te lo demostraban todos los días.

Lo hacían levantándose antes de que amaneciera, trabajando de sol a sol y llegando a casa cansados, aunque todavía les quedaran fuerzas para preguntar si habíamos hecho los deberes o si nos habíamos portado bien.

Eran padres de pocas palabras y manos castigadas por el trabajo. Hombres que casi nunca se quejaban, aunque llevaran sobre los hombros una casa, una familia y muchas preocupaciones que los hijos nunca llegábamos a conocer.

No solían jugar mucho con nosotros. No porque no quisieran, sino porque la vida no les dejaba demasiado tiempo. Había que traer el jornal, pagar las cuentas y conseguir que en casa no faltara un plato de comida.

Eran serios. A veces demasiado.

Con una mirada bastaba para saber que habíamos hecho algo mal. No necesitaban repetir las cosas diez veces. Cuando decían “a casa”, era a casa. Y cuando llegaban las notas del colegio, más valía no llevar demasiados suspensos.

Entonces no existía eso de negociar cada norma.

Había horarios, respeto y obligaciones. Primero se cumplía con lo que había que hacer y después, si quedaba tiempo, se salía a la calle a jugar.

También cometieron errores, claro que sí. Eran hijos de una época difícil, educados por padres todavía más duros. Muchos no supieron abrazar, hablar de sentimientos ni pedir perdón. Nadie les había enseñado.

Pero dieron todo lo que tenían.

Quizás no podían comprarnos muchas cosas, pero procuraban que no nos faltara lo imprescindible. Unos zapatos nuevos cuando los anteriores ya no aguantaban más, los libros del colegio, algo especial por Reyes y un bocadillo preparado para salir a jugar.

Cuando enfermábamos, se quedaban pendientes aunque al día siguiente tuvieran que madrugar. Cuando teníamos un problema, aparecían sin hacer ruido. Y cuando alguien se metía con sus hijos, entonces descubrías que aquel hombre serio era capaz de enfrentarse al mundo entero.

Los padres de entonces envejecieron trabajando.

Muchos se dejaron la espalda en el campo, en una obra, en una fábrica, en un taller o detrás de un mostrador. Algunos apenas tuvieron vacaciones. Otros nunca pudieron cumplir sus propios sueños porque primero estaban los sueños de sus hijos.

Con los años comprendimos muchas cosas.

Comprendimos que aquellas broncas escondían miedo a que nos pasara algo. Que sus silencios estaban llenos de preocupaciones. Que detrás de su dureza había un cariño que no sabían expresar de otra manera.

Y comprendimos también que, aunque no fueran perfectos, hicieron lo mejor que pudieron con la vida que les tocó vivir.

Hoy muchos daríamos cualquier cosa por volver a escuchar aquella voz diciendo:

—No llegues tarde.

—Llévate una chaqueta.

—Ten cuidado por ahí.

Frases sencillas que entonces parecían órdenes y que hoy sabemos que eran otra forma de decirnos:

—Te quiero.

Los padres de entonces no aparecen en fotografías perfectas ni escribieron grandes discursos sobre la familia.

Su historia quedó escrita en sus madrugones, en sus manos ásperas, en sus sacrificios y en todo aquello a lo que renunciaron para que nosotros pudiéramos vivir un poco mejor.

Puede que no nos dieran todo lo que queríamos.

Pero, casi siempre, nos dieron todo lo que tenían .

La línea ferroviaria Plasencia–Astorga: el tren que recorría el oeste olvidadoHubo un tiempo en el que desde Plasencia s...
14/07/2026

La línea ferroviaria Plasencia–Astorga: el tren que recorría el oeste olvidado

Hubo un tiempo en el que desde Plasencia se podía mirar hacia el norte y saber que existía un camino de hierro que llevaba hasta Hervás, Béjar, Salamanca, Zamora, Benavente, La Bañeza y Astorga.

No era una carretera.

No había que bajar primero hacia Madrid ni dar rodeos absurdos para viajar entre territorios vecinos. Era una línea ferroviaria directa, atravesando el oeste peninsular como una larga costura de acero que unía pueblos, ciudades, comarcas y personas.

Era la línea Plasencia–Astorga, conocida también como línea Palazuelo–Astorga, una de las piezas fundamentales del antiguo ferrocarril de la Ruta de la Plata.

Cuando el tren trajo el mundo hasta Plasencia

A finales del siglo XIX, el ferrocarril representaba mucho más que un medio de transporte. Allí donde llegaban las vías, llegaban también el comercio, los viajeros, las noticias, el correo, el trabajo y una nueva forma de entender las distancias.

La estación de Plasencia comenzó a prestar servicio en 1893, cuando se abrió el tramo hasta Hervás. Un año después, los trenes alcanzaron Béjar. En abril de 1896 llegaron hasta Salamanca y, finalmente, el 21 de junio de aquel mismo año quedó inaugurada la línea completa hasta Astorga, con aproximadamente 347 kilómetros de recorrido.

Debió de ser impresionante contemplar aquellas primeras locomotoras avanzando entre montañas, dehesas, gargantas y campos de cultivo.

La gente saldría a mirar el tren como quien contempla algo llegado del futuro. Los niños correrían junto a las vías, los mayores comentarían el prodigio y en las estaciones habría un movimiento desconocido hasta entonces.

El silbido de la locomotora anunciaba que el mundo se estaba haciendo un poco más pequeño.

Un camino de hierro hacia el norte

Desde Plasencia, el tren iniciaba su ascenso hacia el valle del Ambroz.

Pasaba por pueblos y estaciones que hoy permanecen en la memoria: Oliva de Plasencia, Villar de Plasencia, Aldeanueva del Camino, Hervás…

Después continuaba hacia Béjar, atravesaba tierras salmantinas, alcanzaba Salamanca y seguía hacia Zamora, Benavente, La Bañeza y Astorga.

Allí enlazaba con otras líneas que permitían continuar hacia León, Asturias y Galicia. Hacia el sur, el eje ferroviario proseguía por Cáceres, Mérida, Zafra y Sevilla.

De esta manera, la línea Plasencia–Astorga formaba parte de un corredor ferroviario de más de 900 kilómetros que llegó a comunicar el norte y el sur de España sin necesidad de atravesar Madrid.

Aquello era verdadera vertebración territorial.

No era solamente unir dos estaciones. Era permitir que Extremadura se comunicara directamente con Castilla y León, Asturias y Galicia. Era dar una salida ferroviaria a comarcas enteras que vivían alejadas de los grandes centros industriales y políticos.

Las estaciones estaban vivas

Cada estación era un pequeño universo.

En ellas trabajaban jefes de estación, factores, guardagujas, mozos, revisores, fogoneros, maquinistas y empleados encargados de mantener las vías.

Había salas de espera con bancos de madera, relojes grandes, ventanillas donde se vendían billetes de cartón y campanas que anunciaban la llegada de los trenes.

Las estaciones olían a carbón, a grasa, a humo y a viaje.

Allí se producían despedidas que duraban meses y recibimientos que parecían fiestas. Allí marchaban los jóvenes para hacer el servicio militar, los estudiantes que iban a Salamanca, los trabajadores que buscaban una oportunidad y las familias que emigraban con una maleta donde apenas cabía una vida entera.

Por aquellos vagones viajaban comerciantes, agricultores, soldados, funcionarios, vendedores, estudiantes y familias completas.

También circulaban mercancías: ganado, productos agrícolas, madera, minerales, paquetería y todo aquello que mantenía activa la economía de las ciudades y los pueblos.

El tren no solamente transportaba personas.

Transportaba esperanzas.

El Ruta de la Plata

Durante décadas, este ferrocarril fue una de las grandes comunicaciones del oeste español.

Uno de sus servicios más recordados fue el tren Ruta de la Plata, que permitía viajar entre Gijón y Sevilla atravesando León, Zamora, Salamanca, Plasencia, Cáceres y Mérida.

Era un viaje largo, seguramente incómodo para los criterios actuales, pero tenía algo que hoy hemos perdido: conectaba directamente territorios que siguen estando geográficamente cerca, aunque las comunicaciones modernas se empeñen en alejarlos.

No era un tren de grandes velocidades.

Pero llegaba.

Y, sobre todo, unía.

El abandono antes del cierre

Con el paso de los años, la línea comenzó a quedarse antigua.

Mientras se invertía en carreteras y en otros corredores ferroviarios, muchos tramos de la Ruta de la Plata conservaron vías, traviesas, señalización y estaciones envejecidas.

Los trenes tuvieron que reducir su velocidad. Los viajes se hicieron cada vez más largos y menos competitivos. Después se utilizó esa pérdida de viajeros para afirmar que la línea no era rentable.

Primero se deja de invertir.

Después empeora el servicio.

Luego desaparecen los viajeros.

Y finalmente se presenta el cierre como algo inevitable.

Es una historia demasiado conocida en la España rural.

Durante los años setenta, el deterioro de las infraestructuras obligó a establecer limitaciones de velocidad, haciendo que el ferrocarril perdiera competitividad frente al transporte por carretera.

Pero una línea pública no puede medirse únicamente contando billetes vendidos.

También hay que contar los pueblos que comunica, las oportunidades que crea, los camiones que retira de las carreteras, los estudiantes que pueden desplazarse y las empresas que podrían instalarse junto a ella.

Eso no apareció en las cuentas.

El último tren

El 31 de diciembre de 1984 circuló el último servicio regular de viajeros entre Plasencia y Astorga.

Al día siguiente, el 1 de enero de 1985, la línea quedó cerrada al transporte de pasajeros como parte de una gran operación estatal de clausura de líneas consideradas deficitarias.

El tráfico de mercancías sobrevivió durante algunos años, pero también terminó desapareciendo en 1996. Desde entonces, gran parte del trazado quedó abandonado, desmantelado o convertido en una larga cicatriz sobre el territorio.

Me imagino aquella última noche.

El tren entrando lentamente en las estaciones.

Algún trabajador intentando mantener la compostura.

Algún viajero mirando por la ventanilla sin ser completamente consciente de que estaba participando en el final de una época.

Quizá alguien pensó que el cierre sería temporal.

Que regresarían los trenes cuando mejorara la economía.

Que las vías volverían a llenarse de vida.

Pero no regresaron.

Las estaciones cerraron sus puertas. Las ventanillas dejaron de vender billetes. Los relojes quedaron detenidos y el silencio sustituyó al silbido de las locomotoras.

La maleza comenzó a crecer entre las traviesas.

Y el oeste español perdió una de sus principales comunicaciones ferroviarias.

Lo que perdió Plasencia

Plasencia no perdió solamente un tren.

Perdió su salida directa hacia el norte.

Perdió la conexión con Béjar, Salamanca, Zamora, Benavente, Astorga y León.

Perdió una posición estratégica que podría haber favorecido el comercio, el turismo, la industria, la universidad y el transporte de mercancías.

Desde entonces, para viajar entre muchas ciudades del oeste peninsular es necesario utilizar el automóvil, el autobús o realizar largos rodeos ferroviarios.

Resulta difícil comprender que exista una autovía Ruta de la Plata que comunica el oeste de España mientras su equivalente ferroviario permanece interrumpido.

La carretera sobrevivió.

El ferrocarril fue condenado.

Las vías todavía recuerdan

Hoy todavía quedan estaciones, puentes, túneles, terraplenes y antiguos edificios ferroviarios recordándonos que aquel tren existió.

Algunos tramos se han transformado en vías verdes. Eso permite conservar parte del patrimonio y disfrutar del paisaje, pero una vía verde no sustituye a un ferrocarril.

Se puede caminar por una antigua plataforma ferroviaria y admirar su belleza.

Pero por ella ya no viajan estudiantes.

No circulan mercancías.

No llegan trabajadores.

No regresan familias.

El silencio puede ser hermoso para el senderista, pero resulta doloroso cuando es el silencio de una infraestructura que nunca debió desaparecer.

Un tren que todavía puede regresar

Casi cuatro décadas después del cierre, la recuperación de la Ruta de la Plata vuelve a debatirse.

Instituciones, asociaciones ciudadanas, empresarios y movimientos sociales reclaman la reapertura del corredor. El Ministerio de Transportes mantiene en estudio la viabilidad de una conexión ferroviaria entre Plasencia y León, analizando la demanda, las alternativas de trazado y el posible movimiento de viajeros y mercancías. En 2026 ese estudio continuaba en fase de elaboración.

Recuperar la línea no significa colocar nuevamente los viejos raíles y hacer circular los trenes del pasado.

Significa construir un corredor moderno, electrificado, seguro y preparado para pasajeros y mercancías.

Significa unir nuevamente el oeste peninsular.

Significa ofrecer oportunidades a una tierra cansada de escuchar que no hay población suficiente, que no existe demanda o que invertir aquí nunca resulta rentable.

Quizá la pregunta no sea cuánto cuesta recuperar el tren.

Quizá deberíamos preguntarnos cuánto nos ha costado no tenerlo durante todos estos años.

El tren que espera

Cuando paso cerca de aquellas antiguas vías, me gusta imaginar que el tren no ha desaparecido del todo.

Permanece esperando.

Está en los andenes vacíos, en las fotografías antiguas, en los edificios abandonados y en la memoria de quienes todavía recuerdan su traqueteo.

Está en cada persona que viajó en él.

En cada despedida.

En cada regreso.

En cada mercancía que cruzó aquellos campos.

En cada pueblo que durante unos años estuvo conectado con el resto del mundo.

La línea Plasencia–Astorga no es solamente una historia ferroviaria.

Es la historia de una oportunidad que tuvimos, que nos quitaron y que todavía estamos a tiempo de recuperar.

Porque hay trenes que dejan de circular, pero nunca terminan de marcharse.

Y quizá algún día, desde una estación renovada de Plasencia, volvamos a escuchar una voz diciendo:

—Próximo tren con destino a Hervás, Béjar, Salamanca, Zamora, Benavente, La Bañeza y Astorga.

Entonces comprenderemos que aquel viejo camino de hierro no estaba mu**to.

Solamente llevaba demasiado tiempo esperando .
Basta ya!

¿AHORA LA RESPONSABILIDAD ES DE LOS VECINOS?El Ayuntamiento de Plasencia vuelve a pedir colaboración ciudadana para luch...
14/07/2026

¿AHORA LA RESPONSABILIDAD ES DE LOS VECINOS?

El Ayuntamiento de Plasencia vuelve a pedir colaboración ciudadana para luchar contra las ratas y los insectos. Y colaborar, por supuesto que debemos colaborar. Hay que respetar los horarios de la basura, mantener limpios los espacios privados y avisar cuando se detecte algún problema.

Pero una cosa es pedir colaboración y otra muy distinta intentar que toda la responsabilidad termine cayendo sobre los vecinos.

Los placentinos pagamos impuestos precisamente para tener unas calles limpias, unos contenedores en condiciones, una recogida de basura eficaz, un alcantarillado controlado y campañas de desratización suficientes durante todo el año.

No basta con realizar tratamientos periódicos y después pedir tranquilidad. Cuando existe una plaga, hay que investigar su origen, reforzar la limpieza, revisar solares abandonados, alcantarillas, contenedores, zonas de maleza y puntos donde se acumulan residuos.

Los vecinos podemos cumplir los horarios, pero no podemos entrar en las alcantarillas.

Podemos mantener limpios nuestros portales, pero no podemos encargarnos de limpiar las calles.

Podemos avisar de la presencia de ratas, cucarachas o insectos, pero corresponde al Ayuntamiento reaccionar con rapidez, informar con transparencia y garantizar que los tratamientos sean realmente efectivos.

La colaboración ciudadana es necesaria, sí. Pero debe ser una colaboración de verdad, no una excusa para trasladar responsabilidades.

Menos llamamientos y más vigilancia.

Menos consejos al ciudadano y más limpieza continuada.

Menos pedir paciencia y más soluciones visibles.

Porque Plasencia no puede acostumbrarse a convivir con suciedad, malos olores, contenedores desbordados, insectos o roedores. Una ciudad limpia y cuidada no es un favor que nos hacen: es un servicio público que pagamos entre todos.

Los vecinos colaboramos. Ahora que el Excmo. Ayuntamiento de Plasencia cumpla plenamente con su parte .

En Plasencia Servicios Municipales hace un llamamiento a que se respeten los horarios de basura. También a la colaboración de comunidades de vecinos en materia de desratización y desinsectación.A punto de concluir la campaña del segundo cuatrimestre de desratización y desinsectación, esta sem...

Buenos días !Tardes ya para mi que llevo desde las 3:30am en pie!😆😇Vamos con otra historia y espero no aburriros con los...
14/07/2026

Buenos días !
Tardes ya para mi que llevo desde las 3:30am en pie!😆😇
Vamos con otra historia y espero no aburriros con los recuerdos de un Señor Mayor! (👴No había otros keko de estos!)

Crónica de una leyenda del rock en Plasencia Ep1

Hay ciudades que levantan monumentos de piedra y otras que, casi sin darse cuenta, levantan leyendas.

Plasencia hizo las dos cosas.

Entre sus murallas, sus calles antiguas, las aguas del Jerte y las noches en las que parecía que nunca ocurría nada, creció un muchacho llamado Roberto Iniesta. Para casi todos, con el paso del tiempo, sería simplemente Robe.

Nadie podía imaginar entonces que aquel joven inquieto, rebelde y lleno de palabras acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del rock español. Tampoco que desde una ciudad pequeña de Extremadura saldrían canciones capaces de atravesar generaciones enteras.

Robe no apareció vestido de estrella.

Apareció con una guitarra, unas cuantas heridas, mucha rabia acumulada y una forma distinta de mirar la vida. Cantaba como quien rompe una puerta cerrada. Escribía como quien se arranca algo de dentro porque, si no lo hace, termina ahogándose.

En sus letras había amor y desesperación, calles, noches interminables, libertad, excesos, sueños rotos y ganas de mandar el mundo al carajo. Había poesía, aunque algunos tardaran años en darse cuenta. Una poesía sucia, callejera y hermosa, escrita sin corbata ni permiso.

Así comenzó a crecer Extremoduro.

Al principio no había grandes escenarios, campañas publicitarias ni compañías esperando con los brazos abiertos. Había ganas, insistencia y una manera de hacer las cosas que parecía imposible. Hasta tuvieron que buscar el apoyo directo de la gente para sacar adelante sus primeras canciones.

Aquello no era solo música.

Era resistencia.

Era demostrar que desde Extremadura también se podía gritar fuerte, hacer rock y llegar muy lejos sin renunciar al acento, al origen ni a la verdad de cada uno.

Con los años llegaron los discos, las giras, los pabellones llenos y las canciones convertidas en himnos. Pero detrás de todo seguía estando aquel muchacho de Plasencia que había aprendido a transformar sus demonios en versos.

Robe nunca fue un artista cómodo.

No nació para agradar a todo el mundo ni para seguir caminos marcados. Hizo de la contradicción una bandera y de la libertad una forma de vida. Podía ser brutal y delicado en la misma canción. Podía pasar del rugido a la poesía sin pedir disculpas.

Por eso su música no se escuchaba solamente.

Se sentía.

Sus canciones acompañaron a quienes se enamoraban, a quienes se separaban, a quienes conducían de madrugada sin saber muy bien adónde iban y a quienes buscaban refugio en unos auriculares porque el mundo de fuera pesaba demasiado.

Cada persona encontró algo diferente en ellas.

Un recuerdo.

Una herida.

Una salida.

Una frase que parecía escrita exclusivamente para uno mismo.

Y mientras su nombre crecía por toda España, Plasencia permanecía al principio de la historia. Porque antes de los grandes conciertos, las luces y los reconocimientos, estuvieron estas calles, estos paisajes y esta tierra extremeña que enseña a resistir incluso cuando todo parece perdido.

No siempre las ciudades saben reconocer a sus hijos mientras están haciendo historia. A veces necesitan que pase el tiempo. Que las canciones se conviertan en memoria. Que los jóvenes de ayer se hagan mayores y comprendan que aquella música también formó parte de sus vidas.

Hoy resulta imposible hablar del rock español sin mencionar a Robe.

Y también resulta imposible contar su historia sin regresar a Plasencia.

Aquí empezó todo.

Aquí estuvieron las primeras dudas, los primeros acordes, los primeros sueños y esa necesidad de expresarse que terminó convirtiéndose en una obra inmensa.

Robe consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan: crear un lenguaje propio. No necesitaba sonar como nadie porque ya sonaba a él mismo. Mezcló rock, poesía, rabia, ternura y locura hasta construir un territorio musical reconocible desde el primer verso.

Eso es lo que hacen las verdaderas leyendas.

No siguen caminos.

Los abren.

Para muchos placentinos, Robe no es únicamente un músico famoso nacido en la ciudad. Es la prueba de que desde un rincón de Extremadura se puede llegar a todas partes. De que no hace falta nacer en una gran capital para dejar una huella enorme. De que las ideas, cuando son auténticas, pueden saltar murallas, fronteras y generaciones.

Plasencia le dio sus primeras calles.

Él le devolvió un lugar eterno en la historia del rock.

Y mientras alguien vuelva a escuchar una de sus canciones, mientras una guitarra repita aquellos acordes y mientras un verso suyo sirva para explicar lo que uno lleva dentro, la leyenda seguirá viva.

Porque algunas historias no terminan cuando se apagan los focos.

Algunas se quedan flotando sobre los tejados, recorriendo las calles y mezclándose con el sonido del río.

Esta es la crónica de un muchacho que salió de Plasencia con una guitarra y acabó convirtiendo sus palabras en himnos.

La crónica de un poeta que nunca necesitó llamarse poeta.

La crónica de una leyenda del rock.

La leyenda de Robe Iniesta. D.E.P.

Un heladito para terminar por hoy y a descansar que mañana toca !Los Valencianos: el sabor de aquellos veranos en Plasen...
13/07/2026

Un heladito para terminar por hoy y a descansar que mañana toca !

Los Valencianos: el sabor de aquellos veranos en Plasencia

Hubo un tiempo en que la llegada del verano a Plasencia no la anunciaban las aplicaciones del tiempo ni los termómetros digitales.

La anunciaba el carrito de Los Valencianos en la Plaza Mayor.

Cuando aquel carrito aparecía, los chavales sabíamos que el colegio estaba a punto de terminar, que las tardes se alargaban y que comenzaba la temporada de salir a la calle hasta que nuestras madres gritaban nuestros nombres desde alguna ventana.

Los Valencianos estuvieron durante varios veranos formando parte del paisaje de la Plaza Mayor. También tuvieron un pequeño establecimiento en el número 3 de la plaza, pero para muchos placentinos el recuerdo más entrañable siempre será aquel carrito de helados.

No necesitaba luces de colores, música electrónica ni una carta con nombres extranjeros.

Bastaba con verlo.

Allí estaban los cucuruchos, las tarrinas y aquellos helados que parecían saber mejor porque se comían despacio, procurando que no se derritieran y acabaran chorreando por la mano.

Cada uno tendrá su sabor guardado en la memoria: turrón, mantecado, chocolate, fresa, limón… Pero quizá lo más importante no era el sabor, sino todo lo que rodeaba aquel momento.

Esperar el turno.

Mirar cuánto dinero llevábamos.

Calcular qué podíamos comprar.

Y observar con resignación al amigo que llevaba unas pesetas más y podía pedir un helado más grande.

Entonces un helado no era algo que se comprara cualquier día. Muchas veces era el premio después de haber acompañado a nuestros padres a hacer algún recado, de haber aguantado una tarde entera de paseo o de habernos portado razonablemente bien.

Y digo razonablemente porque santos tampoco éramos.

La Plaza Mayor estaba llena de vida. Los mayores charlaban, los niños correteaban alrededor del abuelo Mayorga y, entre conversaciones, paseos y juegos, aparecía aquel pequeño lujo frío que podía arreglarte la tarde.

Los Valencianos no vendían solamente helados.

Vendían un pedacito de verano.

Vendían esos minutos en los que uno no pensaba en nada más que en evitar que el helado se derritiera. Vendían paseos familiares, tardes con los amigos, ropa manchada de chocolate y alguna regañina por haber pedido dinero otra vez.

Hoy existen heladerías con decenas de sabores, escaparates perfectos y presentaciones espectaculares. Pero ninguno de aquellos adelantos puede competir con un recuerdo.

Porque los sabores también tienen memoria.

Y cuando alguien menciona Los Valencianos de Plasencia, muchos volvemos durante unos segundos a aquella Plaza Mayor, a aquel carrito y a aquellos veranos en los que éramos felices con muy poco.

Un cucurucho en la mano.

Los amigos cerca.

La plaza llena de gente.

Y toda la tarde por delante.

Los Valencianos forman parte de esa pequeña historia cotidiana de Plasencia que no aparece en los grandes libros, pero que permanece escrita en la memoria de su gente.

Porque algunos comercios cierran y desaparecen.

Pero ciertos sabores nunca se marchan del todo.

Si no contamos nuestras historias, se las lleva el tiempo.

Dirección

Calle Batalla De San Quintín
Plasencia
10600

Horario de Apertura

Martes 06:00 - 10:00
Miércoles 06:00 - 10:00
Jueves 06:00 - 10:00
Viernes 06:00 - 10:00
Sábado 06:00 - 10:30
Domingo 06:00 - 11:00

Teléfono

+34667276120

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