26/03/2026
De balde… y vacío
Me contaba mi amigo Rafa “El Fari ” una frase que siempre me impresionó, atribuida a un cantaor de los de antes:
“¿…y me voy a morir de balde?!”
A ese mismo ambiente pertenecía otra igual de clara:
“Sí, pero con mi hambre mando yo”,
como diciéndole a un señorito que pretendía comprar su toque por poco dinero que, por muy necesitado que estuviera, sobre su hambre mandaba él.
La frase de morirse de balde es de esas que no necesitan explicación, pero que la agradecen.
Me fui al Covarrubias —como suelo— no tanto para entenderla, como para ver qué más decía por dentro.
Balde: cosa de poco precio, inútil, desaprovechada.
También: gratis, sin provecho.
Baldío: lo no cultivado.
Trabajar en balde: sin fruto.
Es decir, que morirse de balde no es solo morirse gratis.
Es morirse sin haber sacado nada en claro.
Y uno puede entender que aquel hombre se quejara.
Que dijera: he vivido, he peleado, he pagado… y no me han dado lo que correspondía.
Que la vida le había salido cara para lo poco que había recibido.
Eso es profundamente humano.
Hay quien se va pensando que la vida no le ha pagado.
—
Años después, en California, hablando con Angélica —una mujer mexicana que ayudaba en casa de mis hijos— me contó algo que se me quedó igual de clavado.
Tenía un amigo muy enfermo, terminal.
Un hombre que había vivido intensamente: casado dos veces, una con un hombre y otra con una mujer, había probado de todo, sin dejarse mucho por experimentar.
Y ahora, en el final, le decía:
“y me voy vacío… me voy vacío”
La frase no era de queja.
Era de otra cosa.
No estaba diciendo que la vida no le hubiera dado.
Estaba diciendo que, con todo lo vivido… no había llenado nada.
Como si la vida hubiera pasado por él,
pero él no hubiera llegado a quedarse con ella.
Y ahí entendí mejor la diferencia.
Hay quien siente que no le han pagado.
Y hay quien descubre que no ha pagado.
En un caso, la sensación es de estafa.
En el otro, de deuda.
Y no es que uno tenga razón y el otro no.
Son dos maneras de estar en la vida.
Una mira la cuenta desde fuera:
qué me han dado, qué me falta.
La otra la mira desde dentro:
qué he hecho yo con lo que se me ha dado.
—
Al final, la cuenta llega siempre.
La diferencia es si uno se levanta indignado porque cree que le han cobrado de más…
o si, en silencio, busca la cartera porque sabe que ha cenado.
Y quizá, lo verdaderamente inquietante no sea morirse de balde.
Sino darse cuenta, al final, de que uno se va… vacío.