05/10/2023
Hay un relato que leí hace tiempo titulado “Parece una tontería” que me gusta mucho. Cuenta la historia de una madre que encarga una tarta para el cumpleaños de su hijo pequeño. El niño, antes de llegar la fecha señalada sufre un accidente y es hospitalizado. Imaginad el estado de la madre y del padre. En esto que el pastelero llama y llama y llama a la mujer para decirle que la tarta ya está lista y que por favor vengan a por ella. La pobre señora que no sabe ni en qué día vive, al ver todas esas llamadas exigiendo una respuesta, una noche se presenta en la pastelería enfurecida junto con su marido. Desesperados descargan su furia sobre el pastelero que, lejos de indignarse, enfadarse o echarles de allí, les ofrece asiento y escucha. Pasado un tiempo de llanto y dolor, el pastelero, que ha escuchado atento, conmovido y entristecido por toda la situación, les ofrece un par de dulces de canela horneados y unas tazas de chocolate caliente. Dice: “tómenlos, parece una tontería, pero alivia”. En esta acogida dulce y sosegada ellos, esa noche, encuentran consuelo. Me conmueve esta historia. Yo también pienso que a veces comer rico y en buena compañía parece una tontería, pero no lo es. Para los “sinsabores” de la vida, que pueden ser pasajeros o inmensos, comida y hospitalidad (una vez más unidos en el imaginario) cumplen una función de consuelo nada anecdótica.