14/07/2026
Hay algo que casi nadie reconoce en voz alta.
Todos tenemos una parte de nosotros
que preferimos que nadie vea.
Durante mucho tiempo pensé que debía ser
una sola versión de mí.
La fuerte.
La serena.
La que siempre sabía qué decir.
La que encajaba.
La que no incomodaba a nadie.
Porque eso es lo que aprendemos muy pronto.
Que hay emociones que reciben aplausos…
y otras que es mejor guardar
donde nadie pueda encontrarlas.
La tristeza que incomoda.
La rabia que no sabes explicar.
El miedo que aparece cuando todo parece ir bien.
Así que hacemos lo mismo una y otra vez.
Las escondemos.
Las maquillamos.
Las llamamos madurez.
Hasta que un día descubrimos algo extraño.
La parte de nosotros que ocultamos…
nunca desaparece.
Solo aprende a vivir en silencio.
Y el silencio tiene una costumbre peligrosa.
Todo lo que callamos por fuera…
acaba hablando por dentro.
El verdadero desgaste fue pasar años fingiendo que no existía.
Porque luchar contra una parte de ti…
es pedirle a tu propia vida que camine cojeando.
No somos solo nuestras certezas.
También somos nuestras contradicciones.
Nuestros miedos.
Las preguntas que todavía no tienen respuesta.
Las heridas que aún no saben convertirse en cicatriz.
Y quizá crecer nunca consistió
en iluminar toda la oscuridad.
Quizá consistió en dejar de apagar la luz
cada vez que aparecía.
Porque el día que dejé de esconder
las partes de mí que menos entendía…
dejé también de esconderme yo.
No me sentí mejor.
Me sentí completa.
— Jose Luis Vaquero