08/06/2026
Una mañana de primavera de 1952 Quimeta regresó del mercado de la Boqueria con tres cajas de sardinas y un ramo de claveles rojos. Había pensado que el pescadito frito les gustaría a los estibadores, para coger fuerzas para su duro trabajo.
-¿Tú crees? ¿Estás segura?, le preguntó Pepito, con un punto de escepticismo. Pero los claveles, las flores preferidas de Quimeta, les trajeron suerte. Rápidamente el pescadito se convirtió en el plato estrella de la casa: nadie conseguía darle ese punto que hacía que los clientes que devorasen sus frituras como si fueran almendras garrapiñadas.
Quimeta limpiaba a conciencia las sardinas, jureles o boquerones, en función de lo que hubiera a buen precio en la lonja. Después rebozaba el pescado en harina de trigo y luego lo freía con aceite de oliva bien caliente. Inicialmente lo hacía en unas paellas enormes, más adelante llegarían las freidoras. Para acompañar el pescado azul pensó en hacer una ensalada de tomate, cebolla y olivas arbequinas. Posteriormente añadiría al repertorio el pan con tomate y anchoas en salazón, a las que les quitaba los bigotes con la misma meticulosidad y precisión quirúrgica con la que, eternamente coqueta, desbrozaba el suyo.
Seguía preparando bocadillos de tortilla francesa y huevos fritos a quien se lo pedía, aunque no estuvieran en el escueto tablón colgado en la pared, en el que solo se podía leer pescadito, anchoas, ensalada y pan con tomate. E, incluso, si el Cazalla llegaba de vez en cuando con un bistec comprado en la carnicería se lo freía sin ponerle ningún reparo. Pero, sin pretenderlo, Quimeta había puesto las bases de un menú minimalista y que se mantendría casi inalterable durante décadas.
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