09/12/2025
Un legado que perdura con el paso de los años 🙌🏼
MICROCUENTOS NAVIDEÑOS
El Secreto de las Bachelas
En Tulcán, cuando el viento frío empezaba a silbar por las esquinas y las luces de Navidad tintineaban tímidas en las ventanas, todos sabían que estaba por llegar uno de los momentos más esperados del año: la preparación de los buñuelos de añejo de las Bachelas.
La familia era famosa, no por riqueza ni grandeza, sino por algo más profundo: guardaban un secreto que sabía a historia, transmitido de abuela en abuela como un tesoro más frágil que el cristal.
Doña Luisa Obando (+), la mayor de la estirpe, era la encargada de iniciar el ritual. Una semana antes de Navidad, salía al patio empedrado con sus ollas de barro. Allí vertía el morocho y lo dejaba “morir” lentamente, como ella decía, hasta que la mezcla tomara ese olor ácido y antiguo que solo los verdaderos entendidos reconocerían como añejo auténtico.
—El morocho no se pudre —decía Doña Luisa moviendo la cabeza—. Se transforma.
Las muchachas de la familia, y también los curiosos del barrio que se asomaban por la reja, veían cómo la abuela destapaba las ollas con una reverencia casi religiosa. Luego, con manos firmes, llevaba el grano al molino de mano, ese que había pasado por tantas generaciones que ya sonaba como un abuelo gruñón. Cada vuelta del molino sacaba un olor nuevo: un poco de campo, un poco de leña, un poco de memoria.
—Escuchen ese sonido —decía Luisa—. Es la navidad avisando que ya viene.
La masa se mezclaba en una batea grande con un gesto que parecía danza. Cuando todo estaba listo, encendían el fogón y calentaban la manteca de chancho, que burbujeaba como si también estuviera emocionada. Los buñuelos entraban uno a uno, redonditos, dorándose lentamente hasta tomar ese color perfecto entre miel y bronce.
Mientras tanto, en otro rincón de la casa, Doña Luisa preparaba la miel. Le agregaba clavos de olor, canela y un poco de panela colombiana. El aroma se escapaba por la ventana y era capaz de guiar a cualquier tulcaneño hasta la puerta, incluso con la neblina espesa de diciembre.
A veces los vecinos se acercaban tímidamente.
—Doña Luisa… ¿para cuándo la venta?
—Para cuando estén hechos con paciencia —respondía ella—. Si se apuran, salen sin alma.
Y la gente esperaba. Porque los buñuelos de las Bachelas no eran solo comida: eran la confirmación de que la Navidad había llegado oficialmente al norte del mundo, así lo decían en broma los jóvenes del barrio.
El día de la venta, la casa se llenaba de vida. Los niños corrían, los mayores reían, y los viajeros que llegaban desde Colombia por Rumichaca seguían el olor como si fuese un faro. Todos salían con su fundita, tibia todavía, llena de buñuelos recién pasados por miel.
Una noche, mientras repartía las últimas porciones, Doña Luisa dijo:
—Cuando yo ya no esté, ustedes seguirán. Pero recuerden: el secreto no está en la receta… sino en el cariño con que cuidamos cada etapa. Si el morocho no huele a historia, no sirve. Si el molino no suena a familia, no funciona. Y si la miel no endulza el corazón, no vale la pena.
Las muchachas entendieron.
Ese año, Tulcán brilló más que nunca. Quizá por las luces, quizá por el espíritu navideño. Pero muchos juraron que fue por los buñuelos de las Bachelas, que tenían algo que no se podía explicar con palabras.
Algo que sabía a tradición, a amor y a tierra.
Algo que sabía, definitivamente, a Navidad. 🎄 🎅🏻✌🏻🧑🏻🎄❤️
Por: Jorsh Quevedo