12/08/2026
Hay fotografías que uno recibe y se queda mirando un rato
Mi mamá me mandó esta fotografía y me dijo: “Ahí está su papá haciendo la cena”.
Y me quedé viéndola un rato.
Ahí está mi papá, a sus 82 años, en la cocina, haciendo unos espaguetis. Y quizás para alguien que vea esta fotografía sea simplemente eso: un señor preparando la cena. Pero para mí esta fotografía cuenta muchísimo más.
Después del accidente de mi mamá, nuestra vida cambió. Ella todavía está pasando por todo un proceso de recuperación y ahora necesita movilizarse en una silla de ruedas. Hemos tenido que aprender a hacer muchas cosas de una manera diferente y, de alguna forma, todos hemos tenido que irnos acomodando a esta nueva realidad.
Mi mamá le estaba explicando a mi papá cómo hacer los espaguetis. Y mi papá, a sus 82 años, se puso manos a la obra.
Y no sé… me conmovió muchísimo.
Porque después de tantos años juntos, de tantas cosas que han vivido, de tantos momentos buenos y difíciles, ahora los veo enfrentando una etapa completamente diferente. Mi mamá, que durante tantos años estuvo pendiente de tantas cosas, ahora necesita ayuda para algunas de ellas. Y mi papá está ahí. Haciendo la cena, aprendiendo cosas que quizás antes no hacía, acompañándola. Poniéndose la 10.
Y hay algo en eso que me parece muy especial. Porque siento que, en medio de todo lo difícil que están viviendo, también se están volviendo a encontrar en cosas muy sencillas. Ella diciéndole cómo hacer los espaguetis. Él tratando de seguir las instrucciones. Los dos compartiendo un momento que quizás hace unos meses ninguno de los dos imaginaba que iban a vivir de esta manera.
Y mientras veía la fotografía, pensé que quizás eso también es parte del amor después de tantos años. No solamente estar juntos cuando todo está bien, sino aprender a acompañarse cuando las cosas cambian, cuando uno necesita del otro y cuando toca intercambiar un poco los papeles.
Mi papá y mi mamá han pasado una vida juntos. Han trabajado, han levantado una familia y también han construido con mucho esfuerzo el negocio que hoy tenemos y que para nosotros es mucho más que un lugar donde trabajar. Es nuestra fuente de trabajo, nuestra manera de salir adelante, esa “gallinita” que durante tantos años ellos han cuidado y que hoy nos permite seguir adelante como familia.
Y también ahí me he dado cuenta de algo muy bonito.
La Soda no solamente ha sido parte de nuestra familia. Con los años también se ha convertido en parte de la comunidad. Muchos de nuestros clientes son también amigos, vecinos, personas que conocen a mi mamá y que han compartido con ella durante años. Y cuando ocurrió el accidente, muchos de ellos se enteraron por las redes sociales y comenzaron a preguntar por ella.
Han llegado al negocio a preguntarme cómo sigue mi mamá. Me han escrito, me han llamado, me han mandado mensajes.
Y esas cosas, aunque parezcan pequeñas, en momentos como este significan muchísimo.
Porque uno se da cuenta de que todo lo que nuestros papás han construido durante tantos años no solamente está en las paredes del negocio o en el trabajo de cada día. También está en las personas que han conocido, en las amistades que han hecho y en el cariño que se han ganado.
Mientras tanto, en la casa, mi esposa también se ha puesto la 10. En las mañanas hemos estado ayudando a mi mamá: a que se bañe, a dejarla lista, a prepararle el desayuno y con las cosas que van saliendo durante el día. Y mi hermano también está pendiente. Él tiene su trabajo y sus responsabilidades, pero cuando llega la noche sé que está ahí y que, si mis papás necesitan algo, puedo contar con él.
Cada uno está haciendo lo que puede desde donde le corresponde.
Y creo que eso es lo que más me ha dejado todo este proceso.
Nosotros siempre hemos sido una familia unida. Pero siento que esto ha provocado una especie de reconexión. Como que entre el trabajo, las responsabilidades, las carreras de todos los días y todo lo que uno va acumulando, a veces se nos olvida algo que en realidad es de lo más importante: la familia.
Esto nos lo volvió a recordar.
Nos recordó que cuando uno de los nuestros necesita ayuda, los demás aparecen.
Y sí, hay cansancio. Hay preocupación. Hay días difíciles y momentos en los que uno no sabe muy bien cómo va a resolver lo que viene. Pero también hay algo que da mucha tranquilidad: saber que no estamos solos.
Por eso, cuando vuelvo a ver esta fotografía, ya no veo solamente a mi papá haciendo unos espaguetis.
Veo a mi mamá enseñándole.
Veo a mi papá acompañándola.
Veo a mi esposa ayudando.
Veo a mi hermano pendiente.
Veo el negocio que ellos construyeron y que hoy nos toca seguir sosteniendo.
Veo también a los clientes, amigos y vecinos que han estado pendientes de nosotros durante estos días.
Y veo a una familia que, quizás sin darse cuenta, se ha vuelto todavía más unida.
Y creo que eso es lo que quiero guardar de todo esto. No solamente lo difícil, sino también la manera en que nos hemos vuelto a encontrar, la manera en que estamos aprendiendo a cuidarnos y la forma en que cada uno, desde su lugar, está tratando de sostener al otro.
Porque el amor también se demuestra de muchas maneras.
A veces con un abrazo. A veces acompañando. A veces preparando un desayuno, ayudando a alguien a bañarse, llegando después del trabajo para estar pendiente, atendiendo el negocio o simplemente preguntando: “¿Cómo sigue? ¿Qué necesitan?”
Y a veces el amor se ve en algo tan sencillo como un hombre de 82 años preparando unos espaguetis porque la mujer con la que ha compartido toda una vida le explicó cómo hacerlos.
Creo que hay momentos en la vida en los que no queda más que ser uno para el otro.
Y qué bonito es descubrir, en medio de un momento tan difícil, que todavía nos tenemos.
Porque si algo me ha recordado todo esto, es algo que quizás nunca debimos olvidar:
la familia es todo.