11/11/2024
Hace menos de tres años me asignaron una misión que bien pudo ser digna de cualquier serie de Netflix: convertirme en cafetalera. Y no porque cultivar café sea una historia con una trama ligera, ¡jamás! más bien esto de la agricultura se las trae. A pesar de ello, montones de personas en el mundo llevan con orgullo esa labor.
En mi caso, la tarea vino con una cláusula que deja entredicho que aquí no estamos para hacer las cosas “como todos” sino, ya que estamos en eso... ¡vamos a hacerlo diferente y, ojalá, mejor!
Como fiel creyente de que la diferenciación es la llave del éxito, respondí, por supuesto, con un entusiasta ¡Claro que sí! Al fin y al cabo, no sería la primera vez que me lanzo a una misión sin tener la menor idea de lo que estoy haciendo. Y, hasta ahora, he sobrevivido. ¡Así que misión aceptada y nada que temer!
Para ser sincera, la tarea nunca fue “conviértete en cafetalera”; más bien era algo así como “mantén esta finca de café a flote y no dejes que se hunda”. Pero, ¿cómo se hace una cosa sin la otra? Si hay que hacer algo, se debe hacer a lo grande, inmersa en la experiencia completa. ¿Lo peor que puede pasar? Que aprenda algo, ¿verdad? Pero ojo, no lo intenten en casa, que esta audacia irreverente es la única pizca de arrebato aventurero incontrolable que tengo.
Me presento: soy Adriana, aprendí a curar humanos y salvar vidas y, a veces, le enseño a otros cómo hacerlo; se podría decir que soy arregladora profesional de oficio; emprendedora por naturaleza y ahora, por obra y gracia del destino, productora de café. Tengo una atracción magnética hacia las cosas complicadas, los retos imposibles y, sobre todo, ese chance de reinventarme que viene con cada nuevo proyecto.
La Adriana de hace tres años probablemente escupiría su cappuccino de la risa si le contara en qué ando hoy. Si la sentara en una mesa a conversar, no se creería cómo pasó de ser una mujer de más de 40 que solo sabía disfrutar su café, a lanzar opiniones con toda seguridad sobre la nitrogenación del suelo, el secado, el chancado, la catación y hasta las exportaciones. Eso sí, he tenido que crear un diccionario nuevo para todo este vocabulario técnico. La Adriana de hace 3 años escucharía con fascinación y con muchas preguntas. Sería una conversación larga y llena de asombros y risas, como deberían de ser todas las conversaciones alrededor de una taza de café!
Así que, sin más, les cuento la historia cuando las luces se apagan y se cierra el telón; la historia de cómo un commodity que para algunos es un lujo y para otros es una necesidad diaria, llega hasta nuestras tazas… con todos los matices, sinsabores y vivencias de quienes, como yo, nos dejamos envolver en esta aventura cafetalera.
*Fotografía: Obatá Amarillo.
Nuestros Obatá tienen fragancia y aroma a tapa de dulce, vainilla, caramelo, miel de abeja, azúcar moreno. Tienen una taza cremosa y dulce, brillante, con notas a limón dulce.