25/09/2026
| UN BUENOS DÍAS A LA VEZ
Una caminata por Las Quintas y una pregunta sobre la civilidad que estamos dejando de enseñar
Por: Ariel A. Avila
Hace unos días salí a caminar por la ronda del río, en el barrio Las Quintas, con mis perritos y con esa intención sencilla que uno tiene a veces de despejar la cabeza y mirar un poco de verde en medio de la ciudad. El recorrido empezó bien, con el agua corriendo despacio, los perros olfateando todo a su paso y algunos vecinos trotando, hasta que la mirada se me fue quedando en lo que había a los lados del sendero: bolsitas con excremento de perro, amarradas con cuidado y luego abandonadas entre el pasto, al pie de los árboles, casi a la orilla del agua. Alguien se tomó el trabajo de recogerlas y después decidió que ya no eran asunto suyo. Más adelante aparecieron botellas de ce***za de esas tipo litro, empaques de papas una que otra bolsa de basura rota por los perros de la calle.
Me quedé pensando en ese gesto a medias, porque dice mucho de lo que nos está pasando. Sabemos lo que toca hacer, lo hacemos hasta la mitad y soltamos el resto donde creemos que nadie nos ve.
Colombia tiene normas para esto. El Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de 2016) considera contrario a la convivencia, en su artículo 124, omitir la recogida de los excrementos de las mascotas en el espacio público o dejarlos abandonados después de recogidos, y el artículo 111 hace lo propio con quien arroja residuos en sitios de uso público no autorizados. Las multas existen y las autoridades pueden imponerlas. Aun así, me resisto a creer que la única forma de mantener limpia una ronda sea poner un uniformado detrás de cada persona que saca a pasear a su perro. Una ciudad que solo se porta bien cuando la vigilan tiene un problema más hondo que el de las basuras, y ese problema tiene que ver con los valores que dejamos de enseñar.
Hablo de la civilidad, una palabra que suena antigua y que nuestros abuelos practicaban sin necesidad de nombrarla. Era barrer el andén propio y un pedazo del de enseguida, ceder el puesto en la buseta, pedir el favor y dar las gracias, saludar en la esquina a quien uno se cruzaba todos los días aunque no supiera su apellido. Nada de eso estaba escrito en un código, y aun así sostenía la vida del barrio mejor que cualquier comparendo.
Alguna vez escuché decir que la letra con sangre entra, y a veces pareciera que como sociedad nos creímos ese refrán, como si solo aprendiéramos a la mala, con el comparendo en la mano o con el regaño público en las redes sociales. Me pregunto por qué tenemos que llegar hasta ahí.
Muchos crecimos oyendo hablar del Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño, aquel libro venezolano de 1853 que durante generaciones se enseñó en las escuelas colombianas y que los mayores citaban de memoria. Algunas de sus reglas hoy nos harían sonreír por lo rígidas, pero su fondo sigue vigente: pensar en el otro antes de actuar, cuidar lo que es de todos, tratar con respeto a quien se tiene al lado. Volver a Carreño, sin el almidón y la solemnidad de otra época, sería recuperar la idea de que las buenas maneras se enseñan y se aprenden en la casa y en el aula, con paciencia y con ejemplo, mucho antes de que haga falta una multa, así como admiramos el desarrollo y cultura oriental.
Bogotá vivió hace tres décadas una experiencia que vale la pena recordar. Con la cultura ciudadana que impulsó Antanas Mockus, la capital aprendió que la ley funciona mejor cuando la acompañan la conciencia de cada uno y la mirada del vecino, y que una sonrisa de aprobación o un gesto amable de reproche pueden cambiar conductas que la multa por sí sola no toca. Esa lección está al alcance de Tunja, una ciudad que todavía conserva la escala humana para ensayarla cuadra por cuadra.
El filósofo Byung-Chul Han sostiene que los rituales, esos gestos repetidos que parecen pequeños, son los que convierten a un grupo de individuos en comunidad, y que su desaparición nos deja más solos y más dispersos. El saludo de la mañana es uno de esos rituales. Cuando dejamos de saludar, el vecino se vuelve un desconocido, y a un desconocido sentimos que no le debemos nada, ni siquiera la limpieza del sendero por donde también camina con sus hijos.
La ciudad crece, y eso es una buena noticia. Llegan estudiantes de todo el país a nuestras universidades, llegan familias en busca de oportunidades, se levantan conjuntos donde antes había potreros. Con el crecimiento llega también la tentación del individualismo, la de vivir cada quien detrás de su reja y con los audífonos puestos. Quienes llegan aprenden la ciudad mirando cómo vivimos los que ya estamos aquí; si encuentran basura en la ronda, entenderán que en Tunja se puede tirar, y si ven a un vecino recogiendo lo de su perro y saludando al pasar, aprenderán otra manera de habitarla.
Por eso creo que la tarea empieza en la casa y en la cuadra. Enseñarles a los niños a llevar la bolsa hasta la caneca, organizar con la junta de acción comunal una jornada de limpieza en la ronda, tocar la puerta del estudiante que acaba de llegar al apartamento de al lado para darle la bienvenida. La Alcaldía y los colegios tienen su parte en las campañas pedagógicas y en la instalación de canecas y puntos de disposición suficientes a lo largo de las rondas; a los ciudadanos nos toca la otra mitad, la que no depende del Estado.
Aunque suene a cliché, y aunque poco se entienda hoy, cuando abunda cierto afán de superioridad en frases como "yo pago impuestos para que otros limpien por mí", nuestra ciudad es nuestra sala. Nadie deja la bolsa del perro en la mitad de su casa esperando a que el Estado venga a recogerla, ni recibe a una visita con el piso lleno de empaques. Los impuestos pagan el camión de la basura y el barrido de las calles, mientras que el respeto por el espacio que compartimos se practica todos los días y ninguna factura lo cubre. La ronda del río, el parque del barrio y el andén frente a la tienda son la sala donde recibimos a quienes llegan a Tunja, y en ella se nota, mejor que en cualquier discurso, qué clase de anfitriones somos.
Me gusta pensar que cada quien da de lo que tiene en su corazón. Lo que dejamos en la ronda, en el andén o en el saludo que negamos o regalamos habla de lo que llevamos por dentro, y por eso la civilidad empieza mucho antes de salir a la calle. Quien cuida lo que es de todos y saluda al que pasa está ofreciendo algo de sí mismo, y esa generosidad pequeña, repetida cada día, es la que termina por darle rostro a una ciudad.
Mañana volveré a caminar por Las Quintas con mis perritos, esta vez con una bolsa de más en el bolsillo y con la costumbre de saludar a quien me cruce. Las ciudades fuertes se construyen así, un buenos días a la vez.
Por: Ariel A. Avila