Era sargento de policía y la institución lo había asignado a esta ciudad. Se amañó aquí, renunció a la institución policial y sentó sus reales dedicándose a lo otro que sabía hacer: a preparar la lechona tolimense tal y como lo hacían sus padres en Tocaima, Cundinamarca, de donde es oriundo. Luis Enrique hoy se define como abogado de profesión y lechonero de oficio, pues aquí cursó carrera universitaria y obtuvo su título de abogado. Casado con Luz Esperanza Quilindo, Bogotana hija de padre caucano, construyeron el hogar que hoy comparten con tres hijos, una mujer y dos hombres, quienes a pesar de ser profesionales, son los colaboradores más dedicados con que cuenta el negocio de sus padres hoy en día. En Popayán todos sabemos que detrás de la plaza de toros, en el local de la esquina que da frente a la Iglesia de San Juan Bosco, está La Orejona, el punto de venta de la mejor lechona tolimense y el mejor hornado de cerdo que se consume aquí desde hace aproximadamente 30 años. Luis Enrique y su esposa son personas de carácter amable y bonachón y es fácil descubrir, una vez se trata con ellos, que son magníficos anfitriones y excelentes cocineros. Sentados a la mesa mientras comíamos sendos platos de hornado caucano acompañados de deliciosos insulsos, nos fuimos enterando de cómo Luis Enrique había llegado a desempeñarse como agente de policía a nuestra ciudad y por cuestiones que no son del humano control, terminó asando lechonas en un horno alquilado y dando origen a un negocio que de individual pasó a ser familiar, pues al contraer matrimonio con Luz Esperanza, construyeron no sólo familia, sino una empresa. Haber puesto en práctica los conocimientos que adquirió casi desde niño en su natal Tocaima, al lado de la suya, una familia de lechoneros, les permite hoy a Luis Enrique y Luz Esperanza vivir con holgura, generar empleos y, sobre todo, deleitar a los patojos con las lechonas y hornados de cerdo que dan lustre a matrimonios, cumpleaños, primeras comuniones, o convites “desinteresados” ofrecidos por políticos en campaña. Es que una lechona no sólo es deliciosa sino que también es rendidora y muy fácil de repartir, de allí que se piense que una manera sencilla y además típica de salir avantes en un compromiso que reúna a más de 200 personas de aquellas que no se complican para comer, sea ofreciéndoles una lechona tolimense o un hornado sureño de cerdo. Este proyecto empezó como un negocio ambulante a las afueras de la Plaza de Mercado del barrio La Esmeralda, cuando recién se había retirado Luis de la de la policía: él preparaba las lechonas en casa de un amigo y en horno rentado, llevaba su lechona hasta la plaza de mercado en vehículo alquilado, labor que repitió sin cansancio durante 10 años, hasta que las autoridades decidieron retirarlo de la calle, entonces fue cuando decidió comprar un lote y empezar a construir donde hoy tiene su establecimiento
Luis Enrique y su familia siempre están en el negocio. Tanto él como su esposa y sus hijos saben hacer cada uno de los productos que tienen a la venta, y cuando se le pregunta a Luis Enrique por el toque secreto, responde que lo primero, y más importante, es hacer las cosas con amor y cariño, algo que heredó de su padre, y segundo hacer las cosas con productos de primera calidad. La dedicación que él y su esposa ponen al hacer la lechona es de admirar, y escucharlo decir que le hablan las lechonas cuando están en el horno para saber si se van a quemar o no, no es de locos, es sólo la sabiduría que la experiencia le ha dado para conocer su producto y familiarizarse con su buen hacer. Cuando comenzamos, -cuenta Luis- el plato de lechona se vendía a 100 pesos. Una lechona entera costaba 5.000 pesos y alcanzaba para 100 personas. Estoy hablando de 1983. Actualmente cuesta 650 mil para cien personas. Como Luis es Abogado titulado, en los ratos libres se dedica a estudiar y a actualizarse en temas de jurisprudencia, a revisar sus casos y a litigar. Uno de sus hijos sigue sus pasos en los hornos y en la universidad pues ya está por titularse como abogado