22/08/2026
ANTES DE QUE NO QUEDE TIEMPO.
Serrat escribió que “todos llevamos un viejo encima”. Quizá lo olvidamos porque durante mucho tiempo nuestros padres parecieron invencibles. Nos cargaron, nos alimentaron, espantaron nuestros miedos y gastaron su juventud tratando de proteger la nuestra.
Nunca nos hicieron sentir que pesábamos.
Hasta que un día son ellos quienes avanzan despacio, tiemblan, olvidan o necesitan una mano. Y entonces la vida formula una pregunta brutal: ¿qué hacemos con quienes ya nos dieron todo?
Algunos responden con ternura. Otros descubren que los cuerpos de sus padres pueden agotarse mientras sus cuentas, tarjetas, propiedades y beneficios continúan siendo útiles. El hijo adulto sigue viviendo sobre las espaldas de quienes ya no pueden sostenerse y, con una perversidad difícil de nombrar, los presenta como una carga. Desatiende sus necesidades, aprovecha sus recursos y después se proclama cuidador.
Si alguien rompe el silencio, llegan los gritos, la moralina y ese tribunal de parientes invisibles donde “todos” condenan al que pregunta. Es la estrategia de siempre: destruir al testigo para no tener que explicar los hechos. Pero ninguna voz elevada convierte el aprovechamiento en amor ni la administración en cuidado.
La misma oscuridad reconoce otras fragilidades: una enfermedad terminal, una persona sola, una vida próxima a apagarse. Hay quienes se acercan para acompañar el miedo. Y hay quienes se acomodan junto al final esperando lo que pueda quedar. Después exhiben la herencia como una victoria y llaman “karma” a haber convertido una muerte en transferencia. No lloran a quien se fue: celebran haber cobrado.
Mientras tanto, quien cuida de verdad carga el deterioro de sus padres y también la indiferencia de los propios. Ahí nacen la resistencia de permanecer, la resiliencia de transformar el dolor en presencia y la dignidad de amar sin permitir que la miseria ajena ensucie ese amor.
La vejez es el último espejo de los hijos. Algunos devuelven la ternura recibida. Otros se comportan como herederos mientras sus padres todavía respiran.
Y ésa es la diferencia entre acompañar una vida hasta el final y esperar, simplemente, a que termine.
Porque un día la voz que hoy repite una pregunta se va a callar. El paso lento dejará de escucharse en la casa. La mano que ahora necesita ayuda ya no estará para buscar la nuestra.
Y entonces no habrá dinero, propiedad, herencia ni discurso capaz de comprar una tarde más, una llamada más, una última oportunidad de haber sido el hijo que necesitaban.
Mientras todavía estén, abracémoslos. Escuchémoslos. Sostengamos con ternura las manos que alguna vez sostuvieron nuestra vida.
Antes de que no quede tiempo.
AVANTI! Siempre AVANTI!!!
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