03/07/2026
“Desde que vas al psicólogo, estás peor...”
¿Te suena? Esta frase, lejos de ser un indicador de retroceso, suele ser el síntoma más claro de que la terapia está funcionando.
Cuando una persona empieza a revisar su historia, sus vínculos y sus propios patrones, inevitablemente se encuentra con la necesidad de empezar a decir “no”. Poner un límite es, en el fondo, ordenar el caos: es delimitar dónde terminás vos y dónde empieza el otro.
Sin embargo, los límites tienen un costo social inmediato. Quienes estaban acostumbrados a beneficiarse de tu falta de fronteras —de tu silencio, de tu complacencia o de tu disponibilidad absoluta— van a reaccionar. Para el entorno, un límite suele ser leído como egoísmo, distancia o “estar peor”. Pero la realidad es otra: no estás peor, simplemente estás dejando de ser funcional a las necesidades ajenas.
El proceso terapéutico no busca sostener una paz ficticia basada en el sometimiento propio, sino construir una salud real basada en la honestidad vincular. Aunque incomode.
Y vos, ¿tuviste que escuchar esta frase alguna vez después de empezar a priorizarte? Te leo en los comentarios. 👇
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