27/09/2025
A estas alturas, el algoritmo sabe tanto de mí como tú.
Cada maldita noche es el mismo ritual. Una pesadilla suave donde te recuerdo con un cariño que quema. Te veo girar en la cama con Cosmo entre las manos, acariciándolo. Cada noche es una variación de la misma tortura: te veo reír, crear, vivir y susurrarme que me amas.
Malditas noches que me devuelven tu fantasma y me dejan al despertar con un n**o en el pecho y un grito ahogado en la impotencia. Malditas pesadillas.
Una parte de mí grita que no te necesito, que no quiero volver a sentir tus brazos, pero otra, más débil, suplica no dejar de soñarte. Me levanto, me enfrento al espejo y me encuentro solo. Solo conmigo mismo para gestionar el dolor, la tristeza y el coraje de saber que tu vida continúa con otro. El interrogatorio es implacable: ¿Qué hice mal? ¿Qué debí cambiar? ¿Por qué no te escuché? ¿Di demasiado o no fue suficiente?
Busco consuelo en la IA, le pido que emule el perfil de un terapeuta porque su lógica me da una falsa paz, una resolución artificial. A estas alturas, el algoritmo sabe tanto de mí como tú.
He llegado a un punto donde tomar una copa es sinónimo de recordarte. Maldigo el firmamento, las noches estrelladas, las luces de la ciudad que conspiran para proyectar tu sonrisa en cada rincón. Qué asco.
Mis amigos ofrecen el remedio universal: "Olvídala, hay un mar de mujeres". La razón lo acepta, pero el corazón se retuerce al admitir la verdad: tú ya me superaste. Ya vives con alguien más, ríes con alguien más, amas a alguien más. Tu calor, tu cariño, tus alegrías, todo lo que era mío, ahora le pertenece a otro. El dolor más agudo es saber que tu sonrisa ya no me busca a mí, que mi lugar está ocupado.
Te imagino corriendo a sus brazos, diciéndole que lo amas, tejiendo futuros, caminando de la mano. Y aunque la imagen me desgarra, una parte de mí se alegra de que seas feliz, incluso si no es conmigo.