16/09/2026
CUANDO ESTE MUEBLE ERA EL LUJO DE LA CASA📺💿📽📻
Hubo un tiempo en que entrar a una casa y ver una televisión, un DVD, un buen estéreo y varias películas acomodadas en su mueble era suficiente para quedarse mirando. No eran cosas que hubiera en todos los hogares ni se compraban de un día para otro. Tenerlas costaba, y cuando en una casa lograban juntar todo aquello, se cuidaba porque representaba años de trabajo y también uno de los gustos más grandes de la familia. Para un niño era todavía más especial. Si en su casa había televisión, DVD, películas y un modular donde poner música, fácilmente podía convertirse en el niño más envidiado de la cuadra, porque sabía que tarde o temprano los amigos iban a querer ir a su casa.
La televisión ocupaba el lugar principal. Era grande, pesada, de esas que para moverlas se necesitaban dos personas y que tenían una enorme parte trasera. No importaba que la pantalla fuera de 19 o 21 pulgadas; para aquellos años tenerla ahí era suficiente. Después llegó el DVD y aquello pareció una maravilla. Ya no solamente estaba la televisión para mirar los canales de siempre, ahora se podía escoger una película y verla cuando uno quisiera. Pero escoger una película tampoco era como ahora, que basta con buscarla y tocar una pantalla. Había que salir de casa, caminar hasta el lugar donde rentaban películas, mirar las cajas una por una y decidir cuál llevar. Muchas veces la película que uno quería ya estaba rentada y tocaba escoger otra o regresar después con la esperanza de encontrarla.
Cuando por fin llegabas con la película, comenzaba otra parte de aquel gusto. Se juntaban los hermanos, los primos o los amigos, alguien preparaba algo para comer y todos buscaban dónde sentarse. Si la película era nueva, hasta los vecinos preguntaban si estaba buena. Y cuando una película gustaba mucho, se compraba para tenerla en casa. Así comenzaron a juntarse los VHS, después los DVD y aquellas cajas que se acomodaban a un lado de la televisión como si fueran una pequeña colección. Titanic, El Rey León, Aladdín, La Bella y la Bestia y tantas otras terminaron siendo parte de tardes y noches que mucha gente todavía recuerda.
Con la música pasaba algo parecido. Si querías escuchar a tu cantante favorito no había una aplicación esperando en el teléfono. Había que comprar el casete o el CD. Uno iba a buscarlo, preguntaba cuánto costaba y, si alcanzaba el dinero, regresaba contento con él en la mano. Llegabas a la casa, prendías el modular, abrías la bandeja, colocabas el disco y comenzaba a sonar. Había canciones que se repetían tantas veces que uno terminaba aprendiendo en qué número de pista estaban. Y si llegaban los amigos, alguien terminaba presumiendo el estéreo: se le subía un poco al volumen para que aquellas bocinas grandes demostraran lo que podían hacer.
Pero había algo que reunía todo aquello y que hoy casi nadie recuerda con la importancia que tuvo: el mueble de la televisión. Aquel mueble de madera con varios espacios no estaba ahí solamente para sostener aparatos. Durante muchos años fue prácticamente el centro de la sala. En medio iba la televisión; en otro espacio se acomodaba el estéreo; a los lados estaban las bocinas, el DVD, las películas y los discos. Y como siempre quedaba algún huequito, la mamá encontraba qué poner: una fotografía de los hijos, un reloj, una carpeta tejida, alguna figurita de porcelana, una alcancía de barro o ese adorno que llevaba tantos años en la familia que nadie recordaba quién lo había comprado.
Ese mueble también decía mucho de la casa. Se limpiaba con cuidado, se acomodaban los cables para que no se vieran tanto y cada cosa tenía su lugar. Cuando llegaba visita, aquello era de lo primero que encontraba al entrar a la sala. No hacía falta tener una casa elegante. Una televisión bien acomodada, el modular con sus dos bocinas, unas cuantas películas y los adornitos alrededor hacían que la sala se sintiera completa. Para muchas familias ese era su pequeño lujo, conseguido poco a poco, comprando primero una cosa y después otra cuando el dinero alcanzaba.
Y los niños conocían perfectamente el valor de tener aquello en casa. El viernes o el sábado podían juntarse varios amigos para ver una película. Otros llegaban solamente porque querían escuchar el nuevo CD que alguien había comprado. Se sentaban en el piso, acercaban una silla o se acomodaban donde hubiera lugar. Nadie tenía una pantalla en la mano ni cada quien estaba mirando algo diferente. Había una sola televisión y todos miraban lo mismo; había un solo estéreo y todos escuchaban la misma canción. Quizá por eso aquellos aparatos terminaron guardando tantos recuerdos, porque alrededor de ellos siempre había gente.
Los años fueron pasando y todo comenzó a desaparecer casi sin darnos cuenta. Primero dejamos de rentar películas, después los discos comenzaron a quedarse guardados, los estéreos grandes fueron sustituidos por aparatos pequeños y aquellas televisiones pesadas salieron de las salas para darle lugar a las pantallas planas. Cuando ya no hubo necesidad de acomodar tantos aparatos, también desaparecieron aquellos muebles enormes que durante años habían ocupado media pared.
Hoy podemos llevar miles de canciones y películas en algo que cabe en la mano. Tenemos más de lo que alguna vez imaginamos, pero ya no existe aquella emoción de regresar a casa abrazando una película rentada, abrir la caja de un CD nuevo o llamar a los amigos porque había algo nuevo que ver. Y aquel viejo mueble de madera, que parecía que nunca iba a moverse de la sala, también terminó arrumbado, vendido o desarmado.
Por eso una fotografía como esta no muestra solamente una televisión vieja, un DVD, un estéreo y unas cuantas películas. Muestra una época completa. Muestra la sala donde crecieron muchos niños, el lugar donde la familia se reunía y aquel pequeño orgullo de tener, acomodado en un solo mueble, lo que entonces parecía toda la tecnología que una casa podía necesitar. Hoy esos aparatos ya pertenecen al pasado, pero basta volver a ver uno de aquellos muebles para recordar cuando tener televisión, DVD, películas y un buen estéreo realmente te hacía sentir que en tu casa había un lujo.