Y esta, la que nos ocupa, nace hace ocho años frente a la fachada de un teatro de estilo neoclásico, el Teatro Echegaray. La cultura, como el buen vino y la buena mesa son formas de recabar fondos para el alma. En pleno Centro Histórico de Málaga (España), la capital de la Costa del Sol, a orillas del Mediterráneo, con una competencia feroz consolidada como la madera que con el tiempo se torna pétrea e inamovible, ve la luz en el paisaje urbano de la capital Picassiana D’Vinos Wine Club. Antonio, nuestro chef, hijo de la otra capital, la de la gran urbe que preside el imperio, huye de las turbulentas mareas urbanas y se asienta en la ciudad de los jazmines y la hierbabuena con el único propósito de maridar el salitre y el buen vino, la luz del Mediterráneo y la gastronomía, el esfuerzo y la ilusión, el buen hacer y la creatividad. Y del resultado de todos estos ingredientes nace la lógica que le motiva día a día a esculpir su particular filosofía de este ¿restaurante?, posteriormente convertido en marca de calidad. Si, recalcamos estas interrogantes para que la palabra restaurante se presente desnuda y sin huesos y adquiera lo que para Antonio se resume en algo muy simple y complejo a la vez: “Restaurante es el lugar donde se doman y domestican los sabores, se manipulan las texturas, se resaltan los aromas y se extrae el alma de los alimentos para que comer deje de ser un trámite biológico y se convierta en algo tan entrañable, que el cliente deje por unos instantes naufragar en libertad sus duelos particulares y no desee pisar tierra aun cuando el plato haya quedado vacío”. Todo lo demás es parafernalia, desviar la atención y ocultar la verdad. Quizá por ese motivo los clientes de D’Vinos se dejan llevar a la deriva. Y si alguno pregunta…-¿hacia dónde voy?-, basta con acercarle cualquier plato de la carta para recordarle que es un pasajero sin equipaje en un corto viaje cuyo comienzo y destino es el paladar. Antonio reconoce que si la imaginación se tornara sólida, le aplastaría sin compasión. De carácter inquieto y amante de la cocina internacional, en sus platos podemos encontrar ingredientes, sabores y aromas procedentes de lejanas geografías. “La magia de la cocina se halla en conseguir la proporción perfecta y la combinación equilibrada de todo lo que interviene en la elaboración de un plato para que, partiendo de la materia prima, se consiga como en una orquesta, que todo esté presente y nada se pierda. Basta con que al comer se agudicen los sentidos para ir descubriendo la esencia y el alma que emerge de cada ingrediente y que la música cobre sentido en el paladar.” A menudo olvidamos que en el acto de comer, junto a los ingredientes que conforman un plato, encontramos otros que no se paladean ni olfatean, como el amor, la personalidad y la ilusión de quien lo ha elaborado. Viajero infatigable y fotógrafo colaborador de la Agencia EFE en España y varias publicaciones de viajes, su personalidad es fruto de sus escapadas al continente africano, Europa, Asia y Latino América. D’Vinos no es solo una marca, un restaurante, es algo más. Algo que en su segunda casa, Panamá, aún se está gestando. Es una evolución hacia la fusión de la gastronomía con el arte, con la cultura, la música y los viajes. D’Vinos desplegó velas con los aires sutiles de una ciudad que aspira a ser capital cultural del viejo continente, y en esa andadura tocó puerto en Panamá para desvelar en esta maravillosa tierra los secretos que han unido ambas costas.